Derechos Humanos y
Solidaridad Democrática Internacional

Artículos

Monitoreo de la gobernabilidad democrática

23-04-2026

Derrota de Orbán en Hungría: desafíos ante la debacle democrática

La derrota de Orbán era difícil, pero no improbable. Tras años de desgaste político, polarización extrema, discursos violentos y crecientes relaciones con países a los que los húngaros suelen guardar poca simpatía, tan sólo bastaba que la oposición se unificara y respaldara a un sólo candidato.
Por Ignacio E. Hutin

Los 16 años de Víktor Orbán al frente de Hungría fueron una etapa de profunda transformación para el país, una era en la que el aparente consenso social pro Occidental fue quebrado y durante la cual la democracia se puso en jaque. Los índices de gobernanza, estabilidad institucional y participación política de este país centroeuropeo cayeron sostenidamente hasta convertirlo en el miembro más díscolo de la Unión Europea, aquel al que el Parlamento Europeo acusó de poner en “claro riesgo de violación grave” a los valores que pregona el bloque continental.

Pero aquel líder que parecía invencible no pudo romper con todo y debió aceptar su derrota el pasado 12 de abril. El próximo Primer Ministro, Péter Magyar, es ex miembro del partido de Orbán y ahora lidera una agrupación que, ideológicamente, tiene muchos puntos en común con la del mandatario saliente y que enfrentará dos desafíos gigantes: por un lado, representar a todos los votantes que lo apoyaron tan sólo por ser el opositor con más chances y, por el otro, reconstruir lo que queda de la democracia húngara.

El Índice de Transformación Bertelsmann (BTI) monitorea cada dos años el pulso institucional de 137 países. Para ello, utiliza 17 indicadores divididos en 3 dimensiones: calidad de la gobernanza, desempeño económico y salud del sistema político. Sus informes permiten identificar si un país está fortaleciendo sus bases democráticas o si, por el contrario, se desliza hacia el autoritarismo. El último BTI, publicado en marzo, ayuda a dimensionar cuán pronunciada ha sido la caída de los índices de Hungría durante el mandato de Orbán: en 2008, dos años antes del cambio de gobierno, el “estado de la Democracia” local superaba los 9.3 puntos de un máximo de 10 y el de la Economía, era de 9 puntos. A 2026, han caído a 6.2 y 6.75 respectivamente. El índice de Gobernanza, por su parte descendió de 6.9 a 3.4. Si se agregan todos los indicadores, Hungría cayó del 8° al 34° puesto a nivel mundial y quedó último dentro del bloque europeo. Esta debacle marca cuán improbable era el triunfo de una oposición que ha sido crecientemente restringida.

De la esperanza a la decepción

Orbán era un joven abogado recientemente graduado cuando, en 1988, fundó la Alianza de Jóvenes Demócratas (Fidesz, por sus siglas en húngaro), una agrupación política que buscaba competir con la Liga Juvenil Comunista. Un año más tarde, en un evento masivo en la capital húngara, demandó elecciones libres y la retirada de las tropas soviéticas de su país. Este antecedente le permitió llegar al poder en 1998, en medio de un complejo periodo de transición tras la caída del comunismo en el que la corrupción y la pobreza dominaban. Era un líder nuevo, liberal, demócrata, símbolo del cambio, que nunca había pactado con los herederos del Partido Obrero Socialista Húngaro, aquel que gobernara hasta 1989. Pero apenas 4 años después, Orbán perdió las elecciones y fue derrotado una vez más en 2006.

Su etapa en la oposición estuvo marcada por constantes bloqueos que afectaron negativamente el desarrollo económico de Hungría y por cuestionamientos tanto a la legitimidad democrática del gobierno como a todo el sistema político en general. La crisis económica de 2008 le sirvió para aunar el descontento popular y, en 2010, entendió que debía cambiar su discurso y estrategia si quería derrotar a la coalición de izquierda liderada por el socialismo. Pasó de ser el símbolo de la democracia liberal a ser la voz del nacionalismo y se llevó, junto a sus socios minoritarios del Partido Popular Demócrata Cristiano, la súper mayoría: 2/3 de las bancas del Parlamento, las suficientes para modificar las leyes más relevantes y la propia Constitución nacional. En 2011, reformó la Ley Fundamental en apenas días y a puertas cerradas, y enmendó el texto doce veces antes de cumplir su primer aniversario en el poder.

Siguieron 16 años de restricción a la competencia democrática, de crecientes ventajas para el partido en el poder a través de la asignación de recursos públicos a allegados políticos y falta de controles independientes. Lentamente, Fidesz se adueñó de todo tipo de instituciones, eliminando de facto la autonomía del sistema judicial, de los medios de comunicación estatal o de entidades bancarias nacionales.

La principal estrategia de Orbán para desviar la atención pública de su continua marcha hacia la autocracia consistió en utilizar dos estrategias de narrativa populista: victimización y creación de enemigos. Para la primera, recurrió a aspectos históricos, como el Tratado de Trianón que, en 1920 y tras el final de la Guerra Mundial, llevó a que la derrotada Hungría perdiera dos tercios de su territorio y la mitad de su población. El invocar repetidamente este evento ayudó a consolidar la idea de una nación embaucada, que ha sufrido históricamente el estar rodeada de pueblos distintos (eslavos, germánicos, latinos) y potencialmente peligrosos. Pero también sirvió para eludir responsabilidades históricas por los crímenes cometidos por Miklós Horthy, líder de Hungría desde 1920 y durante la Segunda Guerra Mundial, y aliado del nazismo. Orbán se ha referido reiteradamente a Horthy sugiriendo una afinidad ideológica y simbólica entre ambos.

La segunda estrategia, la creación de enemigos, varió con el tiempo, pero siempre mantuvo los discursos incendiarios cargados de odio y violencia polarizadora: ellos contra nosotros; el nacionalismo blanco y cristiano húngaro contra los intereses extranjeros. Primero fueron los comunistas y sus partidos herederos; luego el principal enemigo fue el inversor y filántropo George Soros (que, vale aclarar, es judío); siguieron los grupos LGBT+, la Unión Europea, las organizaciones de la sociedad civil, los refugiados (en su mayoría, musulmanes sirios, afganos e iraquíes) que buscaron asilo durante la crisis migratoria de 2015 y, finalmente, el presidente ucraniano Volidimir Zelensky. El gobierno, tal como señala el último BTI, recurrió en forma reiterada a valores cristianos para justificar sus acciones.

Los esfuerzos de Fidesz por extender el control político a casi todas las áreas de la vida pública incluyeron también la politización en la asignación de recursos, reduciendo o reteniendo los que correspondían a ciudades gobernadas por la oposición. Esto, junto a las tarifas desactualizadas, también derivó en una merma en la calidad de los servicios públicos y en una importante fuga de cerebros, especialmente en el sector de salud.

Democracia desigual

El control gubernamental de los medios de comunicación públicos y las restricciones durante las campañas electorales crearon una situación de desigualdad frente a los partidos opositores, mientras que el organismo supervisor de las elecciones, influenciado por el gobierno, no siempre fue imparcial. Por si fuera poco, la reforma constitucional de 2011 y la nueva ley electoral del mismo año redujeron la cantidad de miembros del Parlamento, rediseñaron los distritos para concentrar el voto opositor en pocas zonas y dispersar el voto oficialista, y eliminó la segunda vuelta favoreciendo así al partido más grande y castigando la fragmentación de otras fuerzas. Además, los votos sobrantes del ganador pasaron a sumarse a su lista nacional, permitiéndole transformar una victoria amplia en un distrito en aun más bancas proporcionales. Esto llevó a que, en 2014, Fidesz se quedara nuevamente con 2/3 de las bancas, aunque hubiera obtenido menos votos que en 2010: apenas el 44.8%. El amplio alcance del clientelismo, especialmente en los periodos previos a las elecciones, consolidó aún más la tendencia.

El debilitamiento de las instituciones llevó a que, según una encuesta del Pew Research Center de 2024, el 51% del húngaros estuvieran insatisfechos con el sistema democrático y que, según el Índice Global de Confiabilidad de Ipsos para el mismo año, el 70% de los encuestados expresaran desconfianza en los políticos. Esta debacle se vio también reflejada en los sucesivos BTI: la participación política cayó de 10 a 6.3 puntos en los últimos 16 años; y el estado de derecho y la estabilidad de las instituciones, de 9 a 5 en ambos casos.

Más lejos de la UE, más cerca de Rusia

En 2014, Orbán definió al modelo al que aspiraba como una “democracia iliberal” y a su contraparte, la democracia liberal, como corrupta e injusta. Entonces se refirió a Singapur, Rusia, Turquía y China como Estados “económicamente exitosos” aunque no fueran liberales o siquiera democracias. Desde entonces, promovió mayores intercambios con países cercanos ideológicamente y que le permitieron mantener cierta autonomía dentro de la Unión Europea, enfrentándose retóricamente al bloque, pero sin abandonarlo.

A comienzos de su gestión, anunció el inicio de una estrategia de política exterior denominada “Apertura hacia el Este” (Keleti Nyitás), que implicó profundizar la cooperación económica y política con la Organización de Estados Turcos, particularmente con Turquía y Azerbaiyán, otros dos Estados muy poco democráticos.

Fidesz promovió inversiones chinas a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, impulsada por Beijing, y accedió a préstamos de ese país que, si bien mucho menores que los fondos de la UE, ofrecieron una protección limitada frente a las presiones burocráticas de Bruselas y proporcionaron una fuente de financiación adicional, a menudo poco transparente. De todas formas, Asia llegó a ser destino de menos del 5% de las exportaciones de Hungría, por lo que estos esfuerzos parecen estar motivados más por consideraciones políticas que por fundamentos económicos subyacentes.

Quizás el punto más relevante de la política exterior de Orbán haya sido el concerniente a Rusia. La dependencia de Hungría de las fuentes de energía rusas (tanto petróleo y gas como energía nuclear) mantuvo un fuerte respaldo político, aunque el comercio disminuyera a partir de 2022. Rusia aún hoy proporciona tecnología y personal para los trabajos de modernización en la central de Paks, que genera casi la mitad de la electricidad del país. Además, algunas normativas promovidas por Orbán han seguido los lineamientos del gobierno ruso, tal como la legislación húngara sobre la sociedad civil de 2017, que dificultó el trabajo de las organizaciones independientes, o la legislación anti-LGBT de 2021, ambas muy similares a leyes aprobadas por Rusia en 2012 y 2013, respectivamente. El número creciente de ONG organizadas por el gobierno (GONGO, por sus siglas en inglés), que aparentan representar a la sociedad civil, pero son apenas una extensión del poder ejecutivo, es otra estrategia que también han utilizado los gobiernos de Rusia o Azerbaiyán.

Como sucede con China, el acercamiento responde más a necesidades políticas que económicas: Rusia, a diferencia de la UE, no cuestionó nunca las estrategias “iliberales” de Orbán. En respuesta, Hungría rechazó implementar sanciones comerciales contra Moscú promovidas por la UE tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, se negó a aportar armamento a Kiev e incluso a permitir el paso por su territorio de armamento enviado por la OTAN, alianza de la que Budapest forma parte. Además, Orbán bloqueó el envío de fondos de la Unión Europea a Ucrania en diversas instancias y bajo todo tipo de argumentos. El más reciente, para justificar el bloqueo a un préstamo por 90 mil millones de euros a comienzos de 2026, fue que Kiev no reparaba una sección del gasoducto Druzhba, mediante el cual Hungría importa gas ruso, y estaba poniendo en riesgo la seguridad energética del país.

En verdad, se trató de una disputa mayor con Bruselas, una extorsión financiera, porque en abril 2022, luego de la última reelección de Orbán, la Comisión Europea activó por primera vez en la historia el Mecanismo de Condicionalidad, lo que dio como resultado la suspensión de 18 mil millones de euros en fondos de cohesión. Esto se debió a que la UE detectó que los contratos financiados con fondos europeos solían terminar sistemáticamente en manos de un pequeño grupo de empresarios cercanos a Orbán. El bloque también criticó entonces la falta de independencia del poder judicial y el “ataque a los valores fundamentales” europeos.

El argumento del hoy saliente Primer Ministro húngaro para no sancionar a Rusia fue mantener la neutralidad: apoyar a Ucrania implicaría involucrarse en una guerra y poner en riesgo a toda la Unión Europea. También acusó a Kiev de menoscabar los derechos de los cerca de 150 mil húngaros que viven en el oeste de Ucrania, pretexto que utilizó para adoptar medidas hostiles en apoyo de las posiciones políticas rusas. Esto implicó que las relaciones con Bruselas y con la OTAN se vieran afectadas, pero también con los gobiernos de Ucrania, Polonia, Austria y República Checa.

Aun así, Fidesz logró posicionarse como un referente para otros partidos europeos que promueven democracias iliberales, como el Partido Progresista Serbio del presidente Aleksandar Vucic; el ex Primer Ministro de Eslovenia, Janez Jansa, que ha participado en Budapest de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC); o el Partido Democrático para la Unidad Nacional Macedonia, al que pertenecía el ex Primer Ministro Nikola Gruevski, reclamado por la Justicia de su país y que reside en Hungría desde 2018. También, y pese a las frecuentes expresiones antisemitas entre los votantes de Fidesz, el Primer Ministro mantuvo lazos estrechos con Benjamin Netanyahu, mandatario israelí.

Economía de amigos

El gobierno de Orbán circunscribió sus políticas económicas a la ideología y el amiguismo. La retórica nacionalista se tradujo en presiones a las empresas extranjeras para que vendieran sus participaciones y redistribuyeran activos a oligarcas y redes afiliadas a Fidesz, especialmente en sectores considerados estratégicos. Si se negaran, señala el BTI, se enfrentarían a escrutinios por parte de las autoridades fiscales y a medidas de auditoría extremas. En 2023, una misión de investigación del Parlamento Europeo denunció la intimidación de empresas extranjeras por parte de la policía secreta.

Por otro lado, si bien el líder de Fidesz declaró formalmente su intención de unirse a la eurozona, los esfuerzos para lograrlo fueron limitados porque la adopción de la moneda común lo hubiera privado de un instrumento importante para gestionar los desequilibrios comerciales y hubiera cercenado su autonomía. Renunciar a la moneda nacional sería, además, contradictorio con los discursos nacionalistas. Esto implicó que la estabilidad monetaria y fiscal de Hungría cayera entre 2010 y 2026 de los 8.5 a los 6 puntos en el BTI, mientras que el respeto a la propiedad privada pasó de 10 a 7.5.

Perspectivas

La derrota de Orbán era difícil, pero no improbable. Tras años de desgaste político, polarización extrema, discursos violentos y crecientes relaciones con países a los que los húngaros suelen guardar poca simpatía, tan sólo bastaba que la oposición se unificara y respaldara a un sólo candidato. Las reformas electorales que alguna vez beneficiaron a Fidesz, esta vez beneficiaron a la oposición, que se quedó con el 70% de las bancas, aunque hubiera obtenido el 55% de los votos. Los resultados fueron tan contundentes que Orbán no tuvo más remedio que aceptarlos. Magyar, entrante Primer Ministro, ya le reclamó la renuncia al presidente, a quien no considera independiente, aunque la Constitución lo obligue a serlo. Casi al mismo tiempo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea falló que la ley anti LGBT de 2021 promueve la discriminación y viola las normativas del bloque, y ordenó que sea derogada.

Es difícil que la relación con Rusia cambie radicalmente, ya que el futuro Primer Ministro no ha mostrado interés en dejar de comprar recursos energéticos rusos baratos. Pero es probable que las políticas internas sí se modifiquen y se dé marcha atrás con algunas de las medidas adoptadas por Orbán. Aun así, la súper mayoría con la que contará el nuevo gobierno, y considerando los antecedentes de Fidesz, obliga a limitar el optimismo. Vale recordar que Magyar fue miembro del partido de Orbán hasta hace apenas dos años y también que muchos votantes lo respaldaron tan sólo por ser el candidato con más chances, no por afinidad ideológica. Sin embargo, el deterioro reflejado en dos décadas de índices BTI sugiere que, tras la salida del otrora todopoderoso líder, el país ha tocado fondo y solo cabe esperar una mejoría.

Ignacio E. Hutin
Ignacio E. Hutin
Investigador Asociado
Magíster en Estudios de Europa Oriental, Rusia y Eurasia (Universidad de Glasgow, 2025), en Estudios del Cáucaso (Ilia, 2025) y en Relaciones Internacionales (USAL, 2021), Licenciado en Periodismo (USAL, 2014) y especializado en Liderazgo en Emergencias Humanitarias (UNDEF, 2019). Periodista, profesor universitario e investigador, es autor de los libros Saturno (2009), Deconstrucción: Crónicas y reflexiones desde la Europa Oriental poscomunista (2018), Ucrania/Donbass: una renovada guerra fría (2021) y Ucrania: crónica desde el frente (2021).
 
 
 

 
Más de Ignacio E. Hutin
 
Más sobre el proyecto Monitoreo de la gobernabilidad democrática
 
Ultimos videos