Comunicados
Monitoreo de la gobernabilidad democrática
Aumentan las autocracias en el mundo, pero también crece la resistencia democrática
La democracia continúa perdiendo terreno a nivel global. Esta es una de las principales conclusiones del Bertelsmann Transformation Index 2026 (BTI), iniciativa de la fundación alemana Bertelsmann Stiftung. Hace 20 años, cuando se publicaba por primera vez el BTI, había más países democráticos que autocráticos. La realidad actual es justo la contraria: el 56% de los 137 países analizados tienen gobiernos autocráticos, unos sistemas que raramente se traducen en mejor gobernanza. Desde 2014, CADAL colabora con la Bertelsmann Stiftung para hacer que el contenido del Índice de Transformación sea más accesible en América Latina.
(Gütersloh) Los resultados del BTI cuestionan la noción de eficiencia autoritaria y demuestran que las autocracias son más proclives a la corrupción y están menos capacitadas para desarrollar políticas basadas en el consenso que las democracias. Países como Polonia o Brasil son el claro ejemplo de que resistencia social ante los excesos autoritarios, combinada con un liderazgo político capaz de promover reformas, puede reabrir la vía hacia una renovación democrática.
Las autocracias están en auge en todo el mundo. La mayoría de los 137 países evaluados por el BTI —77 en total— están gobernados actualmente de forma autocrática. Los gobiernos de estos regímenes se muestran cada vez más represivos hacia las fuerzas de la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil. Según el BTI, 52 de las 77 autocracias se consideran regímenes de línea dura en los que se violan de forma generalizada los derechos fundamentales, la cifra más alta registrada desde que se publicó el BTI por primera vez en 2006. Las tendencias autocráticas también están ganando terreno en varias democracias. “Muchos gobiernos electos han vaciado de contenido las instituciones democráticas fundamentales con el fin de afianzar su control del poder. Este abuso de poder allana el camino hacia la autocracia”, afirma Sabine Donner, experta en democracia. La presión de múltiples crisis, unida a la influencia cada vez más fuerte de actores autocráticos, ha acelerado esta erosión. El deterioro resulta especialmente evidente en dos ámbitos: las fuertes restricciones a la participación política y el debilitamiento de las garantías del Estado de derecho. Las tendencias identificadas por el BTI marcan también el debate internacional, más allá de los 137 países que evalúa, incluso en países que no se incluyen en el estudio, como por ejemplo Estados Unidos.
Presión a las instituciones democráticas fundamentales
Los retrocesos más notables afectan a la libertad de prensa, de expresión y de reunión. Nunca el espacio para el debate público había sido tan reducido. Más allá de las campañas de difamación y la violencia contra manifestantes y periodistas, los gobiernos recurren cada vez más a instrumentos más sutiles: leyes restrictivas contra la difamación o contra las ONG que conllevan sanciones severas, la injerencia política en las decisiones sobre concesión de licencias y la financiación preferencial de los medios de comunicación progubernamentales. La vigilancia digital y los cortes de Internet se han convertido igualmente en herramientas habituales para reprimir las críticas y la oposición.
La integridad electoral también se está deteriorando. En el 54 % de los países evaluados, las elecciones ya no cumplen los estándares democráticos mínimos. Los golpes militares, como los de Gabón y Níger, suspenden las elecciones por completo. En otros lugares —como Bielorrusia, Rusia y Ruanda— las elecciones se han convertido en meros rituales de legitimación estrictamente controlados, cuyos resultados están, en la práctica, predeterminados. En Georgia y Serbia, las graves manipulaciones electorales han hecho que pasen a ser considerados autocracias en el BTI.
Sin embargo, el análisis más detallado de los datos revela también que numerosos comicios libres y justos han dado lugar a transiciones pacíficas del poder. En otros casos, las elecciones manipuladas han desencadenado protestas masivas, como por ejemplo en Madagascar, Tanzania y Venezuela. Aunque a menudo fueron reprimidas con violencia, estas protestas sustentaron con frecuencia la movilización política más allá del momento electoral. En Senegal, el Consejo Constitucional hizo cumplir la celebración puntual de las elecciones presidenciales en contra de los deseos del presidente en el cargo. Brasil, Letonia y Taiwán reforzaron la integridad electoral mediante medidas dirigidas contra la desinformación y la injerencia extranjera. En Moldavia, la presidenta proeuropea, Maia Sandu, logró la reelección a pesar de los intensos esfuerzos de influencia externa. En la India y Sudáfrica, los partidos que llevaban mucho tiempo dominando perdieron su mayoría absoluta.
Al mismo tiempo, se observa una tendencia a la centralización del poder político. Se están desmantelando los organismos de control independientes o están ocupando cargos personas leales al régimen; se están pasando por alto a los parlamentos y se está restringiendo la independencia judicial o sometiéndola a influencias políticas, incluso mediante el nombramiento estratégico de jueces afines. En tiempos de crisis, la demanda pública de estabilidad y eficiencia puede llevar a una mayor receptividad hacia una gobernanza rígida de arriba abajo.
Singapur: la excepción, no la regla, entre las autocracias
Hay ejemplos como El Salvador, Serbia y Turquía que demuestran que la promesa de la eficiencia autoritaria rara vez se cumple. En más de 100 de los países evaluados, la corrupción no se aborda de forma adecuada, y dos tercios de ellos son autocracias. Solo ocho de los 77 regímenes autoritarios alcanzan el nivel medio de eficiencia en el uso de los recursos que los gobiernos democráticos. «En los sistemas autoritarios, hay que recompensar la lealtad y asegurar el clientelismo», señala Hauke Hartmann, experto del BTI. «La supuesta eficiencia de los regímenes autoritarios es un mito. Casos como el de Singapur son la excepción, no la regla». Singapur no es un país representativo de los regímenes autoritario; Nicaragua o Uganda son ejemplos más típicos. Las autocracias también van a la zaga de las democracias en cuanto a capacidad de dirección política, creación de consenso y cooperación internacional.
Encontramos divisiones similares si analizamos los resultados socioeconómicos La pobreza y la desigualdad son graves en dos tercios de las autocracias analizadas por el BTI, en comparación con solo una cuarta parte de las democracias. La exclusión social se ve agravada por la discriminación y la erosión de los derechos. En muchos sistemas autocráticos, la fusión del poder político y económico da lugar a redes de clientelismo muy arraigadas. La libre competencia y la seguridad de los derechos de propiedad están en declive, y la desigualdad social es cada vez más pronunciada. De los 52 países clasificados como regímenes económicos no libres e injustos, solo tres son democracias.
La resistencia democrática sigue siendo sólida
Los persistentes agravios sociales, la precariedad de los servicios públicos y las estructuras económicas basadas en la explotación ayudan a explicar por qué las protestas siguen siendo generalizadas incluso en estados gobernados de forma autocrática. Los datos de las encuestas previas a las elecciones en Hungría y las manifestaciones masivas contra el encarcelamiento de opositores políticos en Turquía sugieren que la popularidad, antaño sólida, de populistas como Viktor Orbán y Recep Tayyip Erdoğan está empezando a decaer. En Bangladés, Nepal y Sri Lanka, las protestas han abierto un espacio para la renovación democrática. En Brasil y Polonia, se han frenado los retrocesos democráticos, aunque su éxito a largo plazo en sociedades polarizadas sigue siendo incierto.
Todos estos casos ponen de manifiesto la existencia de un aprendizaje democrático y la capacidad de proteger las instituciones y aprovechar las oportunidades de reforma. «El BTI vuelve a poner de relieve la presión a la que se ven sometidas las instituciones democráticas
en todo el mundo, aunque la resistencia a su erosión sigue siendo sorprendentemente fuerte en muchos contextos», afirma Daniela Schwarzer, miembro del Consejo de Administración de la Bertelsmann Stiftung. «La capacidad de movilización de las sociedades civiles activas constituye un recurso fundamental para la renovación democrática».
Información complementaria sobre el BTI
Desde 2006, el Bertelsmann Transformation Index de la fundación Bertelsmann Stiftung en Alemania analiza y evalúa cada dos años la calidad de la democracia, los resultados económicos y la gobernanza en todo el mundo. La muestra actual incluye 137 países. Veintitrés países de la OCDE, entre ellos Alemania, Estados Unidos o España, no forman parte actualmente de la evaluación. La evaluación se basa en más de 5.000 páginas de informes detallados por países elaborados en colaboración con cerca de 300 expertos de las principales universidades y centros de estudios de más de 120 países. El periodo de revisión actual para esta edición abarca del 1 de febrero de 2023 al 31 de enero de 2025. El BTI es el único índice comparativo internacional que mide el desempeño de la gobernanza utilizando sus propios datos primarios y ofrece un análisis exhaustivo de la capacidad de dirección política en los procesos de transformación.
Más información: www.bti-project.org
Sobre la Fundación Bertelsmann en Alemania
La Fundación Bertelsmann se compromete a garantizar que todos los miembros de la sociedad puedan participar en la vida política, económica y cultural. Sus programas incluyen: Educación y Generaciones Futuras, Democracia y cohesión social, Digitalización y el bien común, El futuro de Europa, Salud y Economías sociales de mercado sostenibles. El trabajo de la Fundación Bertelsmann se centra en las personas, puesto que son ellas las que impulsan el cambio y pueden hacer del mundo un lugar mejor. Por ello, se dedica a compartir conocimiento y desarrollar soluciones. La Fundación Bertelsmann en Alemania, una fundación sin ánimo de lucro, fue creada en 1977 por Reinhard Mohn.
(Gütersloh) Los resultados del BTI cuestionan la noción de eficiencia autoritaria y demuestran que las autocracias son más proclives a la corrupción y están menos capacitadas para desarrollar políticas basadas en el consenso que las democracias. Países como Polonia o Brasil son el claro ejemplo de que resistencia social ante los excesos autoritarios, combinada con un liderazgo político capaz de promover reformas, puede reabrir la vía hacia una renovación democrática.
Las autocracias están en auge en todo el mundo. La mayoría de los 137 países evaluados por el BTI —77 en total— están gobernados actualmente de forma autocrática. Los gobiernos de estos regímenes se muestran cada vez más represivos hacia las fuerzas de la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil. Según el BTI, 52 de las 77 autocracias se consideran regímenes de línea dura en los que se violan de forma generalizada los derechos fundamentales, la cifra más alta registrada desde que se publicó el BTI por primera vez en 2006. Las tendencias autocráticas también están ganando terreno en varias democracias. “Muchos gobiernos electos han vaciado de contenido las instituciones democráticas fundamentales con el fin de afianzar su control del poder. Este abuso de poder allana el camino hacia la autocracia”, afirma Sabine Donner, experta en democracia. La presión de múltiples crisis, unida a la influencia cada vez más fuerte de actores autocráticos, ha acelerado esta erosión. El deterioro resulta especialmente evidente en dos ámbitos: las fuertes restricciones a la participación política y el debilitamiento de las garantías del Estado de derecho. Las tendencias identificadas por el BTI marcan también el debate internacional, más allá de los 137 países que evalúa, incluso en países que no se incluyen en el estudio, como por ejemplo Estados Unidos.
Presión a las instituciones democráticas fundamentales
Los retrocesos más notables afectan a la libertad de prensa, de expresión y de reunión. Nunca el espacio para el debate público había sido tan reducido. Más allá de las campañas de difamación y la violencia contra manifestantes y periodistas, los gobiernos recurren cada vez más a instrumentos más sutiles: leyes restrictivas contra la difamación o contra las ONG que conllevan sanciones severas, la injerencia política en las decisiones sobre concesión de licencias y la financiación preferencial de los medios de comunicación progubernamentales. La vigilancia digital y los cortes de Internet se han convertido igualmente en herramientas habituales para reprimir las críticas y la oposición.
La integridad electoral también se está deteriorando. En el 54 % de los países evaluados, las elecciones ya no cumplen los estándares democráticos mínimos. Los golpes militares, como los de Gabón y Níger, suspenden las elecciones por completo. En otros lugares —como Bielorrusia, Rusia y Ruanda— las elecciones se han convertido en meros rituales de legitimación estrictamente controlados, cuyos resultados están, en la práctica, predeterminados. En Georgia y Serbia, las graves manipulaciones electorales han hecho que pasen a ser considerados autocracias en el BTI.
Sin embargo, el análisis más detallado de los datos revela también que numerosos comicios libres y justos han dado lugar a transiciones pacíficas del poder. En otros casos, las elecciones manipuladas han desencadenado protestas masivas, como por ejemplo en Madagascar, Tanzania y Venezuela. Aunque a menudo fueron reprimidas con violencia, estas protestas sustentaron con frecuencia la movilización política más allá del momento electoral. En Senegal, el Consejo Constitucional hizo cumplir la celebración puntual de las elecciones presidenciales en contra de los deseos del presidente en el cargo. Brasil, Letonia y Taiwán reforzaron la integridad electoral mediante medidas dirigidas contra la desinformación y la injerencia extranjera. En Moldavia, la presidenta proeuropea, Maia Sandu, logró la reelección a pesar de los intensos esfuerzos de influencia externa. En la India y Sudáfrica, los partidos que llevaban mucho tiempo dominando perdieron su mayoría absoluta.
Al mismo tiempo, se observa una tendencia a la centralización del poder político. Se están desmantelando los organismos de control independientes o están ocupando cargos personas leales al régimen; se están pasando por alto a los parlamentos y se está restringiendo la independencia judicial o sometiéndola a influencias políticas, incluso mediante el nombramiento estratégico de jueces afines. En tiempos de crisis, la demanda pública de estabilidad y eficiencia puede llevar a una mayor receptividad hacia una gobernanza rígida de arriba abajo.
Singapur: la excepción, no la regla, entre las autocracias
Hay ejemplos como El Salvador, Serbia y Turquía que demuestran que la promesa de la eficiencia autoritaria rara vez se cumple. En más de 100 de los países evaluados, la corrupción no se aborda de forma adecuada, y dos tercios de ellos son autocracias. Solo ocho de los 77 regímenes autoritarios alcanzan el nivel medio de eficiencia en el uso de los recursos que los gobiernos democráticos. «En los sistemas autoritarios, hay que recompensar la lealtad y asegurar el clientelismo», señala Hauke Hartmann, experto del BTI. «La supuesta eficiencia de los regímenes autoritarios es un mito. Casos como el de Singapur son la excepción, no la regla». Singapur no es un país representativo de los regímenes autoritario; Nicaragua o Uganda son ejemplos más típicos. Las autocracias también van a la zaga de las democracias en cuanto a capacidad de dirección política, creación de consenso y cooperación internacional.
Encontramos divisiones similares si analizamos los resultados socioeconómicos La pobreza y la desigualdad son graves en dos tercios de las autocracias analizadas por el BTI, en comparación con solo una cuarta parte de las democracias. La exclusión social se ve agravada por la discriminación y la erosión de los derechos. En muchos sistemas autocráticos, la fusión del poder político y económico da lugar a redes de clientelismo muy arraigadas. La libre competencia y la seguridad de los derechos de propiedad están en declive, y la desigualdad social es cada vez más pronunciada. De los 52 países clasificados como regímenes económicos no libres e injustos, solo tres son democracias.
La resistencia democrática sigue siendo sólida
Los persistentes agravios sociales, la precariedad de los servicios públicos y las estructuras económicas basadas en la explotación ayudan a explicar por qué las protestas siguen siendo generalizadas incluso en estados gobernados de forma autocrática. Los datos de las encuestas previas a las elecciones en Hungría y las manifestaciones masivas contra el encarcelamiento de opositores políticos en Turquía sugieren que la popularidad, antaño sólida, de populistas como Viktor Orbán y Recep Tayyip Erdoğan está empezando a decaer. En Bangladés, Nepal y Sri Lanka, las protestas han abierto un espacio para la renovación democrática. En Brasil y Polonia, se han frenado los retrocesos democráticos, aunque su éxito a largo plazo en sociedades polarizadas sigue siendo incierto.
Todos estos casos ponen de manifiesto la existencia de un aprendizaje democrático y la capacidad de proteger las instituciones y aprovechar las oportunidades de reforma. «El BTI vuelve a poner de relieve la presión a la que se ven sometidas las instituciones democráticas
en todo el mundo, aunque la resistencia a su erosión sigue siendo sorprendentemente fuerte en muchos contextos», afirma Daniela Schwarzer, miembro del Consejo de Administración de la Bertelsmann Stiftung. «La capacidad de movilización de las sociedades civiles activas constituye un recurso fundamental para la renovación democrática».
Información complementaria sobre el BTI
Desde 2006, el Bertelsmann Transformation Index de la fundación Bertelsmann Stiftung en Alemania analiza y evalúa cada dos años la calidad de la democracia, los resultados económicos y la gobernanza en todo el mundo. La muestra actual incluye 137 países. Veintitrés países de la OCDE, entre ellos Alemania, Estados Unidos o España, no forman parte actualmente de la evaluación. La evaluación se basa en más de 5.000 páginas de informes detallados por países elaborados en colaboración con cerca de 300 expertos de las principales universidades y centros de estudios de más de 120 países. El periodo de revisión actual para esta edición abarca del 1 de febrero de 2023 al 31 de enero de 2025. El BTI es el único índice comparativo internacional que mide el desempeño de la gobernanza utilizando sus propios datos primarios y ofrece un análisis exhaustivo de la capacidad de dirección política en los procesos de transformación.
Más información: www.bti-project.org
Sobre la Fundación Bertelsmann en Alemania
La Fundación Bertelsmann se compromete a garantizar que todos los miembros de la sociedad puedan participar en la vida política, económica y cultural. Sus programas incluyen: Educación y Generaciones Futuras, Democracia y cohesión social, Digitalización y el bien común, El futuro de Europa, Salud y Economías sociales de mercado sostenibles. El trabajo de la Fundación Bertelsmann se centra en las personas, puesto que son ellas las que impulsan el cambio y pueden hacer del mundo un lugar mejor. Por ello, se dedica a compartir conocimiento y desarrollar soluciones. La Fundación Bertelsmann en Alemania, una fundación sin ánimo de lucro, fue creada en 1977 por Reinhard Mohn.


Read it in English
























































