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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

24-02-2026

El avance silencioso de Moscú en América Latina, a 4 años de la invasión a Ucrania

Las redes de influencia rusa apelan a sectores políticos diversos y amplios, con discursos ideológicamente ambiguos que ofrecen a cada espacio lo que cada uno quiera escuchar. Los principales objetivos son aquellos que pueden identificarse con posiciones de relativa extrema izquierda o derecha.
Por Ignacio E. Hutin

El inicio de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, hace cuatro años, cambió el escenario en Europa, pero también en América Latina. Y es que las relaciones entre Moscú y esta región nunca habían sido tan estrechas como a partir de la segunda década del siglo XXI. Desde la llegada al poder de Vladimir Putin, en 2000, el acercamiento político se consolidó a fuerza de numerosas visitas de Estado, reuniones a nivel de altos funcionarios, contactos con organizaciones regionales y no gubernamentales, y una mayor presencia de medios de comunicación rusos. Prueba de estos contactos es que Rusia llegó a convertirse en el país extrarregional con más documentos bilaterales firmados por Argentina: 77 entre 2008 y 2022.

Aquel 24 de febrero de 2022, inicio de lo que el presidente ruso llamó “Operación Militar Especial”, fue un quiebre. Tan sólo en Argentina, la percepción positiva respecto a Rusia cayó de más del 50% a menos del 30% entre 2020 y 2023, y en el resto de Latinoamérica los números fueron similares. Al mismo tiempo, hubo un declive en las relaciones diplomáticas formales, con embajadas rusas que pasaron a mostrar un perfil notablemente más bajo y gobiernos locales que no quieren aparecer cercanos al Kremlin. Es así tras la llegada de Javier Milei (vale recordar que el presidente ucraniano Volidimir Zelenski asistió a su asunción), pero también lo fue durante la última etapa del mandato de Alberto Fernández.

Sin embargo, Rusia no ha desaparecido del mapa y aquellas relaciones formales han sido reemplazadas por conexiones informales, por redes de influencia que abarcan espacios alternativos. En los últimos cuatro años se han creado organizaciones locales que buscan estrechar lazos con Moscú en materia comercial, cultural o académica, y se suma un creciente rol de figuras públicas como periodistas, académicos e influencers. Por ejemplo, el Centro de Integración y Cooperación de Rusia y América Latina (CICRAL) y la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI) nacieron en 2024.

La presencia de Rusia se consolida a través de medios de comunicación, desde RT, su canal de televisión oficial (que tiene en Buenos Aires su segunda oficina más importante de América Latina después de la de México), a medios locales más pequeños, como Radio Rebelde, la cadena de Luis D’Elía. Y se ha mantenido e incluso incrementado la oferta de becas y la organización de eventos para estudiantes por parte de Moscú.

Estas redes de influencia apelan a sectores políticos diversos y amplios, con discursos ideológicamente ambiguos que ofrecen a cada espacio lo que cada uno quiera escuchar. Los principales objetivos son aquellos que pueden identificarse con posiciones de relativa extrema izquierda o derecha. En el primer caso, funciona un relato antiimperialista, explotando sentimientos anti-estadounidenses que son tradicionalmente fuertes en América Latina. Ante este público, Rusia se presenta como un contrapeso a la OTAN (es relevante en este punto el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas, territorio controlado por el Reino Unido, miembro de la alianza atlántica), y un promotor de un nuevo mundo "multipolar" en el que EE. UU. pierda influencia. Para el segundo grupo, las derechas conservadoras, Moscú utiliza cada vez más estas redes para mostrarse como el supuesto último baluarte de los valores tradicionales frente a la agenda progresista de Occidente, especialmente en lo que respecta a temas LGBT+. Pero también se presenta como un país estricto, estable y socialmente ordenado. El crimen y el narcotráfico, grandes problemas en América Latina, parecen no existir en la Rusia represiva de Putin. En ambos casos, ayudan tanto las urgencias económicas como el tiempo transcurrido desde el inicio de la guerra en Ucrania y que el tema ya no ocupe tanto espacio en las agendas mediáticas.

El siguiente público objetivo es la oposición partidaria al gobierno de Milei, principalmente el peronismo, partido con el que Rusia firmó 63 documentos bilaterales durante los mandatos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Si Milei se muestra lejano a Rusia, al menos un sector de la oposición busca acercarse, ya sea por ideología o por pragmatismo: para promover un mayor intercambio comercial o simplemente como una forma de diferenciarse ante el electorado.

Por otro lado, las renovadas relaciones descansan también en las conexiones comerciales. Es cierto que América Latina en general está lejos de ser el principal cliente y/o proveedor de Rusia, pero eso no significa que no le interese. Ya en 2016 el Ministerio de Asuntos Exteriores del Kremlin publicó el “Concepto de política exterior de la Federación de Rusia”, en el que se apuntaba la necesidad de “continuar fortaleciendo de manera integral las relaciones con los países de América Latina y el Caribe, teniendo en cuenta el creciente papel de esta región en los asuntos mundiales”. Rusia cuenta con una industria muy desarrollada tanto en el mercado agrícola (particularmente en fertilizantes) como en el sector energético (energía nuclear e hidrocarburos). La relevancia del comercio y la cooperación en ambos sectores no radica en los beneficios económicos inmediatos que implican las exportaciones, sino en su impacto político: puede utilizarlos como herramientas de coerción a través de la consolidación de una dependencia asimétrica a largo plazo en industrias clave, ayudando así a asegurar una influencia duradera en la región.

Un ejemplo claro es el agronegocio de Brasil, que representa el 25% de su PBI y que depende fuertemente de los fertilizantes rusos. Sólo en 2022 importó 5.600 millones de dólares, un aumento del 300% respecto a 2020, y, para 2024, controlaba más del 40% del mercado. Ese mismo año, Rusia pasó a proveerle al gigante de Sudamérica aproximadamente el 40% de sus importaciones de diésel, y se convirtió en el quinto mayor importador de productos combustibles rusos. Algo similar sucedió en Bolivia, en donde Moscú invirtió fuertemente en el desarrollo de los recursos de gas y litio del país. El desarrollo de estas relaciones estratégicas ha sido respaldado directamente por funcionarios del Kremlin y ha sido fundamental para que Brasil y otros países de la región se negaran a sumar su apoyo en las sanciones impuestas contra Rusia.

Separar comercio y geopolítica parece sencillo y puede resultar pragmático. Tanto es así que casi todo el planeta lo hace. Pero en los regímenes autoritarios, el Estado y las grandes empresas van de la mano. Cada contrato de infraestructura a 50 años o cada dependencia de insumos básicos limita la posibilidad de tomar decisiones soberanas.

El objetivo, entonces, no es necesariamente ganar apoyo, ni alcanzar una popularidad masiva o que la mayoría de los latinoamericanos respalden a Putin. La estrategia apunta a lograr cierto grado de neutralidad en la región, fragmentando el consenso occidental y creando un nivel de dependencia tal que no se pueda actuar contra los intereses del Kremlin en los foros internacionales. Rusia tan sólo necesita que sectores clave (económicos, políticos, académicos) repliquen sus mensajes por razones ideológicas o pragmáticas. A esto se le llama captura de élites.

Cuando un analista prestigioso repite un relato ruso (“Zelenski es un dictador”, “grupos neonazis controlan Ucrania”), es probable que el público no lo vea como propaganda, sino como una opinión experta. Esta credibilidad prestada le da a Rusia una permanencia en el debate que los medios oficiales no pueden lograr, especialmente en un contexto de caída de imagen positiva entre los latinoamericanos. La desinformación selectiva y la construcción mediática para el mercado internacional ayudan a crear un relato en el que parece que Rusia no tuviera serios problemas de infraestructura, corrupción, inseguridad, censura o represión. Este relato es fuerte por constancia y por afinidad ideológica de determinados sectores, pero también porque se trata de un país geográficamente lejano al que no muchos latinoamericanos tienen oportunidad de visitar.

La guerra de comunicaciones de Rusia, la imposición de un relato, no busca necesariamente ganar apoyo, sino generar desconfianza en el sistema, explotar las divisiones internas de la sociedad y aprovechar el caos. Vale recordar el lema de RT: “cuestioná más”. No se trata de convencer, sino de confundir. Como quien dice que sí, los rusos pueden mentir, pero todos los demás también lo hacen. Esta es una herramienta extremadamente efectiva en contextos de descontento, y América Latina, con sus desigualdades, falta de infraestructura, pobreza, debilidad institucional y crimen, es una región en donde el descontento sobra. Si esto se combina con la captura de élites que validan los relatos, con aquellos sectores económicos clave en los que Rusia intenta crear dependencia, y con partidos que buscan apoyo económico y político cuando están enfrentados con las instituciones y/o gobiernos occidentales, la estrategia funciona.

A cuatro años del inicio de la invasión a gran escala a Ucrania, la advertencia más urgente que América Latina puede darle al resto del mundo es que el colapso de la confianza institucional no es un proceso lento, sino un incendio que se propaga a través del cinismo. Esta región es el canario en la mina para las democracias globales porque demuestra qué pasa cuando el relato ruso (y el de otros actores autoritarios) encuentra un terreno fértil de desigualdad y promesas rotas. Rusia no necesita crear problemas; sólo necesita amplificar los que ya existen. Cuando los votantes sienten que con la democracia solamente no se come, no se educa, ni se cura, la retórica de orden, estabilidad y "anti-sistema" de las figuras autoritarias se vuelve casi irresistible, sobre todo si está avalada por redes informales de influencia cada vez más amplias y visibles.

La advertencia desde el Sur Global en este contexto es, entonces, que el cinismo es más peligroso que la mentira, sin importar de dónde venga el mensaje. Una vez que la sociedad acepta que “todos mienten”, el núcleo del relato de RT, se pierde la capacidad de acción colectiva. Si no hay verdad, no hay rendición de cuentas, y sin rendición de cuentas, el camino queda libre para el autoritarismo.

Ignacio E. Hutin
Ignacio E. Hutin
Investigador Asociado
Magíster en Estudios de Europa Oriental, Rusia y Eurasia (Universidad de Glasgow, 2025), en Estudios del Cáucaso (Ilia, 2025) y en Relaciones Internacionales (USAL, 2021), Licenciado en Periodismo (USAL, 2014) y especializado en Liderazgo en Emergencias Humanitarias (UNDEF, 2019). Periodista, profesor universitario e investigador, es autor de los libros Saturno (2009), Deconstrucción: Crónicas y reflexiones desde la Europa Oriental poscomunista (2018), Ucrania/Donbass: una renovada guerra fría (2021) y Ucrania: crónica desde el frente (2021).
 
 
 

 
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