Derechos Humanos y
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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

02-01-2026

El lado autoritario de la izquierda democrática: de Alfonsín a Bachelet

Ante la reincidencia sistemática a lo largo de los siglos XX y XXI de la izquierda en el autoritarismo más brutal -ayer Fidel, luego Maduro y Ortega-, debe intentarse una revisión y eventual diagnóstico de este nefasto vínculo histórico. Si bien la tarea se hizo, y con mucha solvencia, en los años 90 ante la caída del Muro y la URSS, hoy conviene repetirla, a la luz de la historia política reciente, tanto latinoamericana como europea.
Por Pablo Díaz de Brito

El problema más grave que surge en este tema no es tanto el apoyo abierto a los dictadores de parte de la izquierda ortodoxa, algo descontado, sino el de la izquierda democrática, socialdemócrata, muy en especial de la latinoamericana. De Alfonsín a Bachelet, para ponerlo en nombres bien conocidos.

El calendario político reciente se muestra pleno de ejemplos de la defensa de dictaduras por parte de la izquierda democrática o progresismo: Maduro, Putin (aunque sea un nacionalista de ultraderecha religiosa), Xi Jinping, y hasta hace poco Evo Morales y Hugo Chávez, son excusados de sus crímenes por partidos y dirigentes de la izquierda radical europea y latinoamericana, pero también de la izquierda democrática regional. Todos estos dictadores pueden contar con el trato amigable del progresismo de América latina y, de al menos, cierto sesgo favorable de la declinante socialdemocracia europea, así como del apoyo abierto de la nueva izquierda populista europea. El viraje radical-populista del PSOE español bajo Pedro Sánchez y la defensa sistemática de la dictadura de Maduro por el ex gobernante del mismo partido José Luis Rodríguez Zapatero son los ejemplos más claros de esta declinación ética de la socialdemocracia europea. A la vez, hay que ser justo con Gabriel Boric, el joven presidente chileno progresista que en 2024 no dudó en condenar el grosero fraude electoral de Nicolás Maduro en Venezuela. Pero Boric es una notoria excepción a la regla. De hecho, es una excepción total, única.  

Pero, ¿por qué ocurre esto, si los progresistas se autoperciben como demócratas por encima de toda sospecha y campeones mundiales de la defensa de los Derechos Humanos?

El pecado original de 1917

Este pecado, esta falta ética gravísima, surge de manera bastante obvia del devenir histórico de la izquierda revolucionaria desde su nacimiento. En 1917 el partido socialdemócrata ruso, hecho a imagen y semejanza del SPD germano, sufría la derrota de su corriente principal reformista a manos de la minoría extremista bolchevique de Lenin, quien consumaría el golpe llamado "Revolución de Octubre". En las décadas siguientes el autoritarismo y la violencia como expedientes políticos legítimos nacidos de este pecado original se consolidaron en casi toda la izquierda. Era el conocido tacticismo revolucionario: para derrotar a la burguesía y el imperialismo no sirven las reglas de la falsa democracia liberal, que, al contrario, son una fachada paralizante. 

Durante el largo siglo XX, el reformismo a lo SPD germano y el Partido Socialista francés fue mal visto y descalificado por los marxistas-leninistas, quienes, sin dejar de ser una minoría electoral, lograron una posición importante en la formación de opinión, en el debate público y en el control de la cultura y la educación (dos casos emblemáticos fueron Francia e Italia, pero también Alemania Occidental). Debió pasar mucho tiempo desde la Posguerra para que los comunistas de la Europa latina comenzaran a matizar su estalinismo. Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968 deslegitimaron al estalinismo de la URSS en Europa occidental, pero no a su versión más presentable y postestalinista (Kruschev). La Europa latina respondió en los años 70 con la invención de "Eurocomunismo", creado por el inteligente político e intelectual italiano Enrico Berlinguer.

Volviendo a la etapa primigenia, la revolución alemana que siguió a la Primera Guerra Mundial y terminó con la monarquía para crear la república -y que derrotó en ese trámite a los radicales revolucionarios- consolidó entre los pequeños partidos bolcheviques la convicción leninista en la vía violenta y extremista para conquistar el poder. Si cumplían mínimamente las reglas democráticas serían derrotados. Había que seguir a Lenin y asaltar todos los Palacios de Invierno que fuese necesario. Es este magisterio el que siguen Fidel en Cuba y luego los sandinistas en Nicaragua y los chavistas en Venezuela. Cada proceso nacional tuvo sus particularismos, pero el plan general fue el mismo.

A partir de la Postguerra, con el consolidarse del modelo social europeo y el neokeynesiano, surge una izquierda democrática estable, sólida y de gobierno. Pero, por aquella hegemonía cultural gramsciana citada, incluso el SPD alemán debió esperar a 1956 y su histórico congreso de Bad Godesberg para dejar de lado oficialmente al marxismo como doctrina (el SPD llegará al poder recién en 1969, con el Estado de Bienestar ya desarrollado y funcionando a pleno). Pero si se revisa la filosofía política alemana de la época, la izquierda anticapitalista era hegemónica (con la Escuela de Frankfurt y sus derivaciones). En 1973 Habermas publica su ensayo "Problemas de legitimación en el capitalismo tardío". En el campo de la cultura la hegemonía del marxismo era casi completa en Europa occidental y América latina (incluso pese a las dictaduras militares). La izquierda democrática triunfaba políticamente pero era derrotada culturalmente, tal como evidencian el Mayo Francés y sus ecos en toda Europa occidental. En Sudamérica pasaba otro tanto, como ejemplifica el proceso político argentino que llevó al regreso de Perón en 1972/3 en clave falazmente revolucionaria. El desprecio por la democracia liberal era completo y extendido, algo que puede comprobarse con la lectura de la prensa política de la época. El historiador Loris Zanatta lo evidencia con su solvencia habitual en su ensayo "La larga agonía de la nación católica". En la Argentina del retorno de Perón y Firmenich, de Guardia de Hierro y la Triple A, solo una amenazada minoría apoyaba a la democracia constitucional.

Pese a todo, en América latina, la socialdemocracia tuvo su peso, prolongado en Venezuela desde 1958, o en breve pero intenso en los años 80s en Argentina con la tempestuosa pero memorable experiencia de la UCR de Raúl Alfonsín. Sin embargo, la relación de las socialdemocracias latinoamericanas con las dictaduras de izquierda de la región siempre fue amistosa y ambivalente. Las delegaciones argentinas se peleaban con las europeas en los congresos de la Internacional Socialista (IS) por negarse las primeras a condenar a la dictadura cubana. Esto ocurría en los 80s alfonsinistas (la UCR era miembro de la IS), pero continuaba en 1999, cuando en Buenos Aires se hizo el congreso anual de la IS, y siguió en el siglo XXI. Así, los socialdemócratas latinoamericanos, mientras desechaban el camino de la violencia revolucionaria y la dictadura para sus propios países, llenaban de alabanzas a la dictadura de Fidel, para desesperación de los perseguidos opositores cubanos. Luego harían lo mismo con Hugo Chávez, aunque con mucho menos entusiasmo.

Hugo Chavez - Lula Da Silva

La izquierda democrática solo hizo una verdadera reparación moral de su doctrina y su quehacer político en Europa. En algún caso se debió esperar a la caída de la URSS y del Muro de Berlín, como la auto-extinción del poderoso PC italiano en 1991 para dar lugar a un partido de neto corte socialdemócrata que rompió con su pasado. Hoy ese espíritu se ha perdido completamente ante la derrota total del proyecto político socialdemócrata.

La decadencia del modelo europeo

Acá vale hacer un apartado sobre la involución vivida en el sistema político europeo desde los 90s a hoy. Los 90s fueron años de auge de la nueva socialdemocracia europea, la de la Tercera Vía. Pero este cénit pasó bruscamente con la caída en desgracia de esta rama, con su ocaso rápido en los primeros años 2000. Tony Blair, Schroder, Prodi, Jospin, Zapatero, son hoy figuras de un museo de cera, de un mundo definitivamente perdido. A un joven francés que vota a Melenchon y su Francia Insumisa esos nombres le provocan solo desprecio, mientras mira con simpatía a Maduro, Ortega y Evo Morales. Lo mismo ocurre en España con las formaciones de izquierda populista Podemos y Sumar, en Italia con el Movimiento 5 Estrellas y los varios pequeños partidos neocomunistas. Seguramente ese joven francés votante de Melenchon tiene una situación laboral y social mucho peor que las de su tío que hace 15 años votaba a Lionel Jospin.

Porque la Globalización de los 2000 devoró las bases socioeconómicas del Estado de Bienestar, ya reajustadas por la Tercera Vía y los gobiernos de centroderecha. Durante la primera Globalización, la de los 90s, los líderes de la Tercera Vía ofrecieron un aceptable programa de reformas para lidiar con las novedades de esa primera ola globalizadora y la pérdida de competitividad de Europa. Fue cuando comenzó un declive lento pero sin pausa. El traslado de fábricas enteras a Europa del Este fue una señal de alarma.

Pero la actual globalización es mucho más radical, más potente, más rápida y extendida, se expande capilarmente por todo el planeta a la mayor velocidad. La socialdemocracia no tiene nada que ofrecer ante esta avalancha, está simplemente en estado catatónico. Ante esto, algunos socialdemócratas optaron sin pruritos por el populismo de barricada. La degradación del PSOE español bajo Pedro Sánchez es un ejemplo elocuente de esta decadencia socialdemócrata y de su deriva populista; la casi extinción del PS francés, que vive a la sombra de Melenchon, es otro. La crisis de 2008, surgida en el sistema bancario de Estados Unidos pero con efectos mucho más devastadores en Europa, fue un golpe definitivo para la Tercera Vía. Luego llegó China con su huracán de exportaciones industriales imposibles de frenar. La novedad negativa del año 2025 fue el arancel europeo improvisado con desesperación para detener el ingreso de autos eléctricos chinos. Ya no hay rama de la industria en la que China no prevalezca en todo el planeta. Los efectos en dominó de este predominio se sufren desde Brasil a Alemania, y desde ya Estados Unidos. La ola populista actual es básicamente la respuesta visceral de esas sociedades al nuevo escenario económico planteado por China. Una época para nada propicia para que la democracia liberal prospere con partidos reformistas moderados de centroizquierda y centroderecha. 

De vuelta al problema de fondo

Fidel Castro - Michelle Bachelet

Pero el problema de fondo es la simpatía progresista con los autoritarios, que supera y antecede a esta decadencia de la socialdemocracia y del Estado de Bienestar. Se trata de saber por qué esa persistente tradición negativa, moralmente condenable, de reivindicar activamente a dictaduras, se hizo carne en muchos progresistas latinoamericanos. En plenos 80s de recuperación de la democracia, en Argentina decir con firmeza en una reunión de gente progresista que Fidel Castro era un dictador tenía costos personales y sociales. "Quedaba mal". Mejor no decirlo, si no por convicción al menos por astucia. El tabú Fidel funcionaba todavía en los años 2000.

Esta contradicción moral y política se extendía por toda América latina. En 2018, Michelle Bachelet puso un broche de oro muy objetable a su segunda presidencia con una visita oficial a Cuba, donde fue recibida y halagada por Raúl Castro, a cargo de la dictadura desde 2008 ante la enfermedad de su apabullante hermano mayor. Ya había visitado la isla en 2009, al parecer para emular a Salvador Allende. Mucho antes, en 1986, Alfonsín visitó la isla y se reunió con Fidel en un marco de movilizaciones masivas y efusivas. Alfonsín le reclamó a Castro que apoyara a las nacientes y débiles democracias latinoamericanas dejando de financiar a los grupos guerrilleros. Pero al parecer no le reclamó a Fidel que iniciara la democratización de Cuba.    

Ya en el siglo XXI, en Argentina la larga hegemonía kirchnerista consolidó el tabú de Fidel, mientras sumaba con entusiasmo a Hugo Chávez y Evo Morales al panteón de héroes intocables. El auge populista del kirchnerismo dejó en las sombras a los socialdemócratas en Argentina, mientras otros países de la región gestionaron mucho mejor la oleada caudillista.

Uruguay, con los tres gobiernos del Frente Amplio desde 2005 a 2020, Tabaré (dos) y Mujica, es un buen ejemplo. Mientras se abrazaban a Chávez y Fidel o Raúl en las Cumbres Iberoamericanas o de la CELAC, y soltaban discursos de ocasión, su política interna, económica y social, era democrática, además de nada demagógica. También su política exterior, al menos en el plano económico (Tabaré, durante su primera presidencia, buscó insistemente firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pero se lo vetaron Brasil y Argentina. En 2007 recibió en visita oficial a George W. Bush).

Otro nivel de compromiso con la dictadura chavista exhibió el PT de Lula durante sus sucesivos gobiernos desde enero de 2003. Ya no era un abrazo con Chávez para cumplir, sino una política exterior de apoyo permanente al chavismo. Pero la rápida debacle de la economía venezolana bajo Chávez -quien en 2008 debió quitar tres ceros a la moneda por la inflación galopante que causaba su política económica- ratificó que el apoyo externo no debía trasladarse a la política doméstica.

La izquierda/progresismo se muestra así casi siempre del lado de los autoritarios y totalitarios (hasta hace poco Fidel, hoy Maduro, Xi y Putin). En Europa, las marchas recientes contra la guerra de Gaza han actuado de amalgamante y acelerante de la radicalización de lo que quedaba de la izquierda socialdemócrata. Igualmente, esta socialdemocracia europea sigue mostrando una distancia ética y política importante respecto de su pariente latinoamericana con la invasión rusa de Ucrania, asunto en el que la rama europea se ubica del lado justo, la defensa de la nación democrática invadida, mientras los latinoamericanos no se molestan en esconder su simpatía por el dictador ruso y la monstruosa destrucción genocida que perpetra todos los días en Ucrania.

Así las cosas, solo cabe concluir que la raíz autoritaria está radicada en lo profundo del pensamiento y sobre todo de la idiosincrasia de la izquierda. Su repudio frontal del liberalismo, de todo el liberalismo y no solo del economicismo crudo, se remonta a Marx: el liberalismo es visto siempre de alguna manera tácita como mera ideología legitimadora de la clase propietaria de los medios de producción, creadora de una vida alienada para la población explotada. A este diagnóstico se suma en formulaciones más radicales el empeño en practicar ingeniería social en busca de fundar una nueva sociedad. Estos y algún otro factor que acá seguramente se escapa explican esta terrible constancia en impulsar dictaduras. Ayer estas dictaduras eran abiertamente comunistas (Fidel, Mao) hoy, caída la URSS y descartado su modelo, son populistas de economía mixta (Evo, Chávez-Maduro). Pero el carácter tendencialmente violento, represivo y totalitario es el mismo. Aunque los caudillos populistas acepten el truco de pasar por elecciones falsificadas para legitimarse, algo que Fidel siempre le reprochó a Chávez.

Por esto, si algo puede o debe rescatarse de la cultura de izquierda deberá hacerse luego de un severísimo escrutinio y purga de esta persistente raíz autoritaria que sistemáticamente reaparece. La actual imposibilidad de un liberalismo de izquierda, terminología cuya sola mención hace reír, se presenta como una opción meramente teórica y muy difícil de llevar al plano político. Máxime, en tiempos de "bipopulismo", de izquierda y de derecha, tanto en Europa como en América latina y Norteamérica. Sin embargo, la viabilidad teórica de un liberalismo de izquierda a partir de la desvinculación tajante de los liberales de los empresarios, los dueños de la economía, debe hacer pensar en un futuro viable para este liberalismo "herético", que sea competitivo políticamente, con ambiciones realistas de llegar al gobierno.

Pablo Díaz de Brito
Pablo Díaz de Brito
Periodista.
 
 
 

 
 
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