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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos

14-01-2026

Cómo puede triunfar el movimiento democrático de Irán: reflexiones de un sobreviviente de Tiananmén

A partir de la experiencia vivida en Tiananmén, he llegado a creer que cuatro condiciones concretas determinan si una autocracia como China o Irán tiene una posibilidad real de un cambio democrático significativo.
Por Jianli Yang
Foto: Infobae.com

En todo Irán de hoy, las calles vuelven a latir con el inconfundible ritmo de la revuelta. Los cánticos se elevan al caer la noche, las mujeres se quitan el velo en señal de desafío, estudiantes y trabajadores convergen pese a los toques de queda y a las porras, y las fuerzas de seguridad responden con una violencia cada vez mayor. Lo que comenzó como protestas dispersas ha evolucionado hacia una confrontación nacional con la propia República Islámica.

El trasfondo más profundo es largo y corrosivo: años de estancamiento económico bajo sanciones, corrupción enquistada, alienación generacional, represión de género y una ideología revolucionaria que ha perdido su capacidad de persuadir a amplios sectores de la sociedad. El detonante inmediato importa menos que este resentimiento acumulado. Lo que importa ahora es la magnitud, la persistencia y el momento aterrador en el que ha entrado Irán: el uso de fuerza letal, las muertes y detenciones masivas, y los apagones de comunicaciones apuntan a un régimen que se prepara para restaurar el “orden” mediante el miedo. Al mismo tiempo, el régimen autoritario iraní intenta caminar por la cuerda floja entre intensificar su sangrienta represión y evitar una posible intervención militar estadounidense, que el presidente Donald Trump ha amenazado repetidamente.

Irán se encuentra en una encrucijada histórica. Un camino conduce hacia una ruptura democrática; el otro, hacia un derramamiento de sangre que podría congelar a la sociedad en el silencio durante años. Para quienes una vez estuvimos ante otra encrucijada semejante, este momento resulta dolorosamente familiar.

Los acontecimientos que se desarrollan en Irán han hecho que mi mente regrese una y otra vez a los cinco días de protesta nacional de 1989 que culminaron en el Movimiento Democrático de Tiananmén, en la plaza de Tiananmén de Pekín, China. Aquel movimiento estuvo sorprendentemente cerca de forzar un cambio político antes de ser aplastado por tanques y munición real. Ese recuerdo tiene hoy una relevancia urgente. Las muertes que ahora se producen en Irán me mantienen en vilo porque sé lo frágil que puede ser la esperanza revolucionaria, lo rápido que puede extinguirse ante una fuerza abrumadora. Temo que el movimiento de protesta iraní pueda sufrir el mismo destino, aun cuando sigo anticipando y esperando su éxito histórico.

Los académicos suelen hablar de precondiciones sociales, económicas y culturales para la democratización de los regímenes autoritarios. Estos factores importan, pero rara vez deciden los resultados en momentos revolucionarios. A partir de la experiencia vivida en Tiananmén, de décadas de esfuerzos posteriores para impulsar la democratización en China y de lecciones extraídas de revoluciones democráticas en distintas regiones y épocas, he llegado a creer que cuatro condiciones concretas determinan si una autocracia como China o Irán tiene una posibilidad real de un cambio democrático significativo. Primero, debe existir un descontento profundo y generalizado con el orden político vigente, acompañado de una demanda clara de cambio. Segundo, debe surgir de ese descontento una oposición democrática viable. Tercero, debe abrirse una fisura política dentro del propio régimen gobernante, ya sea entre élites, instituciones o el aparato de seguridad. Cuarto, debe haber un apoyo internacional eficaz, arraigado en valores liberales universales y reforzado por cálculos estratégicos, basado en la creencia de que la oposición democrática es creíble y viable.

En Tiananmén teníamos la primera condición en abundancia. También contábamos, en un grado sorprendente, con la tercera, ya que las divisiones internas paralizaron al Partido Comunista Chino en momentos críticos. Podría decirse que también poseíamos la segunda condición, aunque de forma embrionaria y fragmentada. Lo que nos faltó de manera decisiva fue la cuarta. Muchos gobiernos expresaron preocupación y simpatía, pero ningún país, incluido Estados Unidos, creyó que estuviéramos lo suficientemente cerca de la victoria como para justificar un apoyo sólido. Esa vacilación resultó fatal.

Hoy Irán cumple claramente la primera condición. Las protestas atraviesan clase social, género, etnia y generación, señalando a una sociedad que ha retirado su consentimiento a quienes la gobiernan. Irán también parece poseer, de manera inusual, una medida significativa de la cuarta condición. Gobiernos democráticos se han expresado con una claridad poco común, y Trump ha emitido advertencias públicas directas a Teherán de que la represión masiva tendrá consecuencias. Estas señales externas importan profundamente, porque moldean los cálculos dentro de las élites autoritarias sobre los costos de la violencia y las perspectivas de supervivencia.

Irán también podría estar al umbral de la segunda condición, aunque esto sigue siendo incierto. El coraje está en todas partes, pero la coordinación no. Lo que Irán aún no ha mostrado con claridad es la tercera condición: una fisura abierta y visible dentro del régimen. Los clérigos de alto rango, los comandantes y las figuras políticas han cerrado filas hasta ahora, al menos públicamente. Sin deserciones de élite o fracturas institucionales, incluso las protestas masivas más heroicas se topan con un techo brutal.

Si las fuerzas democráticas internacionales desean genuinamente ayudar a Irán a evitar una catástrofe y avanzar hacia la libertad, sus esfuerzos deben centrarse sin descanso en fortalecer las condiciones segunda y la tercera. Los regímenes autoritarios no colapsan simplemente porque se reúnan multitudes; colapsan cuando la lealtad se fractura. La tarea, por tanto, es hacer pensable la deserción y costosa la represión. Esto exige elevar el precio personal y político de la violencia para quienes la ordenan, al tiempo que se reducen los riesgos para quienes se niegan a ejecutarla.

La rendición de cuentas selectiva contra perpetradores específicos, combinada con garantías creíbles de que los desertores no serán castigados colectivamente, puede alterar los cálculos de las élites. También lo pueden hacer los esfuerzos sostenidos por amplificar las voces disidentes dentro de las instituciones políticas y religiosas de Irán, transformando la duda privada en desacuerdo visible. Igualmente importante es una señalización cuidadosa que distinga entre el régimen y la nación, tranquilizando a los funcionarios vacilantes de que la soberanía y la dignidad de Irán serán respetadas en cualquier transición.

La segunda condición, sin embargo, es posiblemente la más difícil. Una oposición democrática viable no requiere un único líder carismático, pero sí un núcleo de liderazgo reconocible capaz de articular un relato compartido y un plan posrevolucionario plausible. La oposición iraní es valiente pero fragmentada, dividida por ideología, geografía y una desconfianza mutua entre activistas dentro del país y quienes están en el exilio. Sin al menos una hoja de ruta mínimamente acordada que aborde las libertades civiles, los derechos de las minorías, la justicia transicional y la estabilización económica, la energía revolucionaria se disipa. La historia ofrece duras advertencias sobre lo que ocurre cuando la organización va por detrás del coraje.

La experiencia de la Primavera Árabe es aleccionadora. En Egipto, las manifestaciones masivas derrocaron a un autócrata, pero los demócratas genuinos quedaron marginados durante la transición porque estaban divididos y mal organizados. El poder fue tomado primero por la bien organizada Hermandad Musulmana y luego por una fuerza aún más organizada, el ejército, que rápidamente restauró el autoritarismo. Cambiaron los gobernantes, pero la autocracia perduró. Las revoluciones pueden derrocar regímenes, pero la organización determina quién gobierna después.

En esta etapa, la comunidad democrática internacional debe hacer todo lo posible para disuadir y minimizar una masacre a gran escala en Irán, que ahora parece alarmantemente plausible. Tal brutalidad no solo sería una catástrofe moral; serviría además como un poderoso disuasivo contra nuevas protestas durante años. Sin embargo, la historia también enseña una paradoja sombría. Aunque las masacres exhiben poder bruto, a menudo marcan el momento de mayor vulnerabilidad del régimen. La legitimidad se derrumba aún más, las élites se vuelven inciertas y el miedo viaja hacia arriba tanto como hacia abajo. Una represión sangrienta, por tanto, no implica necesariamente la muerte de un movimiento democrático; puede, en cambio, abrir una fase prolongada y peligrosa en la que las fuerzas democráticas internacionales deben contar con estrategias claras para ayudar a mantener vivo, organizado y viable el movimiento pese a la represión.

Esto fue evidente en China en 1989. Cuando Deng Xiaoping ordenó la represión de Tiananmén, según se informa, abandonó Pekín durante la operación, un gesto que revelaba ansiedad más que confianza. En las secuelas, muchos funcionarios del Partido Comunista cuestionaron en privado cuánto tiempo podría durar la “bandera roja”. Desesperada por romper el aislamiento internacional, la dirigencia china se volvió inusualmente sensible a las señales externas. Menos de tres semanas después de la masacre, el presidente estadounidense George H. W. Bush envió en secreto a su asesor de seguridad nacional, Brent Scowcroft, a reunirse con Deng y otros líderes. El encuentro no produjo concesiones tangibles, pero el gesto en sí tranquilizó a Pekín al indicar que Washington pretendía mantener relaciones normales pese al derramamiento de sangre. Esa tranquilidad importó enormemente.

Los debates posteriores en Washington sobre vincular el comercio a los derechos humanos, impulsados por figuras como Nancy Pelosi y George Mitchell, reflejaron una realidad estratégica más profunda: dada la enorme potencia económica y la influencia internacional de Estados Unidos en relación con China en ese momento, Washington disponía de un apalancamiento considerable para presionar a Pekín mediante el comercio y el acceso a mercados con el fin de mejorar su historial de derechos humanos y avanzar, aunque fuera de manera vacilante, hacia la liberalización política. El colapso de ese esfuerzo, cuando el presidente Bill Clinton dio marcha atrás, demostró cuán rápidamente puede cederse ese apalancamiento.

La lección es concisa y aleccionadora: la tranquilidad temprana a los represores afianza la represión.

Aplicada a Irán, esta lección sugiere tanto cautela como determinación. A partir de las declaraciones actuales de Estados Unidos, incluidas las advertencias inusualmente directas de Trump, parece poco probable que Washington repita exactamente el mismo error. Sin embargo, persiste otro peligro. El apoyo al movimiento democrático iraní debe centrarse en ayudar a los iraníes a alcanzar la libertad y el autogobierno, no en promover intereses económicos extranjeros. Si la democracia se presenta como una herramienta de ganancia externa, será percibida como antipatriótica y fracasará. Ningún movimiento democrático que aliena el sentido de dignidad nacional de su propio pueblo puede triunfar.

El levantamiento de Irán existe dentro de una ventana estrecha y peligrosa en la que la historia se acelera. El descontento masivo es claro y la atención internacional es inusualmente fuerte. Que este momento conduzca a la libertad o a la tragedia dependerá de la organización, de las fracturas de élite y de un apoyo internacional con principios. La sombra de Tiananmén se cierne no como destino, sino como advertencia. Si las democracias actúan con sabiduría– disuadiendo una masacre, facilitando la unidad, haciendo posible la deserción y centrando sus esfuerzos en el bienestar del pueblo iraní–, el movimiento democrático de Irán puede cruzar un umbral que el de China no pudo. Si flaquean, la represión se endurecerá y toda una generación pagará el precio.

 

Jianli Yang
Jianli Yang
Jianli Yang, sobreviviente de la masacre de Tiananmen y ex preso político de China, es fundador y presidente de Citizen Power Initiatives for China y autor de For Us, the Living: A Journey to Shine the Light on Truth.
 
 
 

 
 
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