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Observatorio de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos
23-08-2026El legado de Graciela Fernández Meijide
Discurso en la apertura de la ceremonia ''Memoria, solidaridad y reconocimiento'' de entrega de la edición 2026 del Premio Graciela Fernández Meijide a la defensa de los derechos humanos en el marco de la Conferencia anual sobre Memoria, Derechos Humanos y Solidaridad Democrática Internacional en el Día en recuerdo de las víctimas del totalitarismo.
Por Rubén Chababo
Es para mí un honor hacer la presentación del premio que lleva el nombre de Graciela Fernández Meijide, alguien que ya es parte del patrimonio moral y ético de todos los argentinos. No voy a hacer aquí una lectura de su biografía, de su extensa trayectoria en la vida pública de nuestro país porque todos los aquí presentes sabemos de su inmenso aporte, no solo a la causa de los derechos humanos, sino también a nuestra democracia. Porque Graciela ha estado y está allí, siempre que su voz ha sido requerida, atenta a las continuas transformaciones y calamidades de este mundo.
¿Por qué se ha destacado Graciela entre nosotros? Por tantas cosas. Entre otras por no haber hecho nunca un uso instrumental de la causa de los derechos humanos, por no haber actuado en su defensa anteponiendo ninguna vocación partidaria, entendiendo que los derechos humanos trascienden, deben trascender, la mezquindad con que tantas veces son utilizados.
Graciela no se ha plegado de manera altisonante a ningún reclamo. Lo ha hecho, si, pero de manera firme y enfática, que es algo diferente, reconociendo siempre que su propia verdad no es la única, sino que los otros, aquellos que no piensan como uno, también tienen derecho a ser escuchados.
Graciela ha mirado el ayer en el que su vida se cubrió de tinieblas pensando en las formas posibles de curar las heridas, no solo propias, sino sociales, apelando a ideas que tantas veces tuvieron para ella un alto costo por ser enunciadas, entre otras, la revisión crítica y razonada de lo que significó la violencia de los años setenta, paridora de ese Leviatán que se devoró la vida de miles de ciudadanos.
Graciela le ha puesto el cuerpo a los debates, a las discusiones, haciendo de esas instancias verdaderas escenas pedagógicas en las que ha buscado iluminar sobre tantos temas. Es allí, en esa forma gentil y amable donde ella irradia su mejor magisterio, el que busca hacer de los derechos humanos un tema de interés colectivo y no propiedad de un grupo o una tribu.
Graciela es portadora de las más bellas virtudes cívicas aquellas que se encarnan en los valores del diálogo, la responsabilidad, la tolerancia y la búsqueda incansable de justicia.
Finalmente, Graciela nació en los años 30, en los meses posteriores a que tuviera lugar el primer golpe militar que interrumpió la vida democrática de nuestro país y llega, casi centenaria, a este presente, aún activa y dispuesta a intervenir en los debates más urgentes de la escena contemporánea, con sus ojos bien abiertos en un tiempo en el que lo que parecía inaudito asoma en torno nuestro con su carga de violencia y resentimiento que se descarga sobre el cuerpo de los desposeídos, los humildes, sobre todos aquellos que se resisten, como pueden, a ser despojados de su dignidad .
Para CADAL es un honor que este premio lleve su nombre porque su nombre inscribe este reconocimiento en una línea biográfica, en este caso, de alguien, a quien el destino, Dios, el azar, lo que cada uno quiera ponerle por nombre, tuvo la gracia de poner para nuestra dicha, cerca nuestro.
Por todo esto, gracias Graciela por todo lo que hacés.
¡Gracias, y mil veces gracias, por la inmensidad de tu legado!
Rubén ChababoConsejero AcadémicoProfesor en Letras por la Universidad Nacional de Rosario donde dicta anualmente el Seminario sobre Memoria y Derechos Humanos. Es docente y miembro del Consejo académico de la Maestría de Estudios Culturales dependiente de la Universidad Nacional de Rosario y fue integrante del Consejo Asesor Internacional del Centro Nacional de Memoria Histórica de Bogotá (Colombia). Ha dictado cursos y conferencias en diferentes universidades nacionales y extranjeras en torno a los dilemas de la memoria en la escena contemporánea. Entre 2002 y 2014 fue Director del Museo de la Memoria de la ciudad de Rosario, una de las primeras instituciones museológicas dedicadas a abordar el tema del Terrorismo de Estado en la Argentina. Se desempeñó también como Director de Derechos Humanos de la Municipalidad de Rosario. Es Director del Museo Internacional para la Democracia.
Es para mí un honor hacer la presentación del premio que lleva el nombre de Graciela Fernández Meijide, alguien que ya es parte del patrimonio moral y ético de todos los argentinos. No voy a hacer aquí una lectura de su biografía, de su extensa trayectoria en la vida pública de nuestro país porque todos los aquí presentes sabemos de su inmenso aporte, no solo a la causa de los derechos humanos, sino también a nuestra democracia. Porque Graciela ha estado y está allí, siempre que su voz ha sido requerida, atenta a las continuas transformaciones y calamidades de este mundo.
¿Por qué se ha destacado Graciela entre nosotros? Por tantas cosas. Entre otras por no haber hecho nunca un uso instrumental de la causa de los derechos humanos, por no haber actuado en su defensa anteponiendo ninguna vocación partidaria, entendiendo que los derechos humanos trascienden, deben trascender, la mezquindad con que tantas veces son utilizados.
Graciela no se ha plegado de manera altisonante a ningún reclamo. Lo ha hecho, si, pero de manera firme y enfática, que es algo diferente, reconociendo siempre que su propia verdad no es la única, sino que los otros, aquellos que no piensan como uno, también tienen derecho a ser escuchados.
Graciela ha mirado el ayer en el que su vida se cubrió de tinieblas pensando en las formas posibles de curar las heridas, no solo propias, sino sociales, apelando a ideas que tantas veces tuvieron para ella un alto costo por ser enunciadas, entre otras, la revisión crítica y razonada de lo que significó la violencia de los años setenta, paridora de ese Leviatán que se devoró la vida de miles de ciudadanos.
Graciela le ha puesto el cuerpo a los debates, a las discusiones, haciendo de esas instancias verdaderas escenas pedagógicas en las que ha buscado iluminar sobre tantos temas. Es allí, en esa forma gentil y amable donde ella irradia su mejor magisterio, el que busca hacer de los derechos humanos un tema de interés colectivo y no propiedad de un grupo o una tribu.
Graciela es portadora de las más bellas virtudes cívicas aquellas que se encarnan en los valores del diálogo, la responsabilidad, la tolerancia y la búsqueda incansable de justicia.
Finalmente, Graciela nació en los años 30, en los meses posteriores a que tuviera lugar el primer golpe militar que interrumpió la vida democrática de nuestro país y llega, casi centenaria, a este presente, aún activa y dispuesta a intervenir en los debates más urgentes de la escena contemporánea, con sus ojos bien abiertos en un tiempo en el que lo que parecía inaudito asoma en torno nuestro con su carga de violencia y resentimiento que se descarga sobre el cuerpo de los desposeídos, los humildes, sobre todos aquellos que se resisten, como pueden, a ser despojados de su dignidad .
Para CADAL es un honor que este premio lleve su nombre porque su nombre inscribe este reconocimiento en una línea biográfica, en este caso, de alguien, a quien el destino, Dios, el azar, lo que cada uno quiera ponerle por nombre, tuvo la gracia de poner para nuestra dicha, cerca nuestro.
Por todo esto, gracias Graciela por todo lo que hacés.
¡Gracias, y mil veces gracias, por la inmensidad de tu legado!






















































