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Monitoreo de la gobernabilidad democrática

03-08-2026

El contraste entre China y Taiwán alrededor del consenso

Mientras que China tiene una sociedad civil controlada y limitada por el Estado, como lo demuestra el indicador del BTI, la sociedad civil taiwanesa es vibrante, con movimientos estudiantiles y asociaciones que presionan por transparencia y derechos. Estas diferencias luego se transmiten a la construcción del consenso. La ciudadanía de Taiwán ha recorrido un camino extraordinario: de espacios restringidos bajo el colonialismo japonés y el autoritarismo a un ecosistema vibrante y plural en democracia.
Por Lucila Fernández
El contraste entre China y Taiwán alrededor del consenso

La construcción del consenso constituye un eje central para la legitimidad de los gobiernos, la consolidación de la soberanía y el equilibrio social. Desde los orígenes del pensamiento político moderno, autores como Locke y Rousseau lo definieron como el fundamento de la autoridad legítima. Más tarde otros autores ampliaron el concepto mostrando cómo el consenso puede ser manufacturado a través de los medios de comunicación y las élites políticas.

Sin embargo, el consenso no se construye de manera uniforme: depende del contexto político, social y cultural de cada país. En algunos casos surge de la deliberación plural y la participación ciudadana; en otros, se produce desde arriba como legitimidad de ejercicio. El contraste entre China y Taiwán resulta particularmente ilustrativo: dos Estados con historias estrechamente vinculadas, pero con modelos de sociedad civil y procesos de consenso profundamente diferentes.

La divergencia en la construcción del consenso

El consenso no se fundó con la construcción de los Estados. Locke lo describió por primera vez en el siglo XVII cuando fundó el liberalismo clásico, planteando que el consenso surge cuando los individuos acuerdan formar una sociedad política para proteger sus derechos, y que el gobierno se legitima únicamente por el consentimiento de los gobernados. En caso de que el poder viole este pacto, los ciudadanos tienen derecho a la resistencia. Rousseau reafirma esta idea a través del Contrato Social, donde desarrolla que el consenso no es un pacto entre individuos aislados, sino la creación de una voluntad general. Este consenso es el que asegura igualdad política y participación directa porque está orientado al bien común. Rousseau funda con esta idea la importancia de la participación democrática.

Pero fue Walter Lippmann quien le dio una nueva perspectiva a la construcción del consenso en su libro Manufacture of Consent en el siglo XX. Allí Lippmann describe una nueva dinámica en las sociedades modernas, en la cual se enfrenta a una complejidad que dificulta a los ciudadanos comprender los asuntos públicos directamente. Son los medios de comunicación y las élites políticas quienes desarrollan diferentes narrativas que presentan a la población, y es esto lo que les permite gobernar democracias de masas. ¿Pero puede esa narrativa ser neutral? Los medios no son neutrales, sino que funcionan como instrumentos de poder económico y político. Chomsky y Herman identificaron cinco “filtros” que moldean la información: propiedad de los medios, publicidad, fuentes oficiales, críticas disciplinarias y la ideología dominante. Entonces puede decirse que el consenso no es deliberativo, sino manufacturado para legitimar los intereses de las élites y los poderosos.

Si bien podemos ver definiciones globales y enfoques comunes alrededor de la construcción del consenso en las sociedades, no todas poseen los mismos puntos de conflicto, y esto depende del contexto político, social y cultural de cada una. La población construye consenso alrededor de diversas circunstancias y de diversas formas, y las élites moldean las narrativas según sus propios intereses.

No es lo mismo la construcción del consenso en países democráticos que en países comunistas, incluso con culturas similares, y esto puede verse de cerca con el caso de Taiwán y China. Dos Estados con historias estrechamente vinculadas, que poseen construcciones de consenso en temáticas muy diversas y con resultados muy distintos. Al observar los indicadores que estudian la construcción del consenso, puede observarse cómo en el Bertelsmann Transformation Index (BTI) 2026, China obtiene un puntaje de 3,8 y Taiwán de 8,6.

Pero, ¿Cómo construye el consenso cada país? Para entender esto se requiere analizar la sociedad civil de ambos, ya que es esta el motor en la construcción del consenso.

La sociedad civil funciona como el espacio donde los actores sociales, organizaciones y movimientos generan acuerdos, negocian diferencias y legitiman las decisiones colectivas relacionadas con el bien público. Es la sociedad civil quien vigila al Estado y contribuye a que el consenso no sea impuesto, sino el resultado de participación y debate. Aquí es donde puede encontrarse la primera gran diferencia entre estos dos Estados y sus modelos políticos. Mientras que China tiene una sociedad civil controlada y limitada por el Estado, como lo demuestra el indicador del BTI, la sociedad civil taiwanesa es vibrante, con movimientos estudiantiles y asociaciones que presionan por transparencia y derechos. Estas diferencias luego se transmiten a la construcción del consenso: mientras que en China el consenso se produce como una legitimidad de ejercicio (resultados macroeconómicos y estabilidad), en Taiwán el consenso se construye en medio de debates sobre identidad nacional.

Existen dos modelos de sociedad civil:

-          El modelo organizado, en el cual la sociedad civil se concibe como un conjunto de organizaciones institucionalizadas (como asociaciones profesionales, sindicatos y ONGs), y el consenso se construye a través de acuerdos formales y mecanismos de concertación.

-          El modelo contencioso, en el cual la sociedad civil se entiende como un espacio de movilización y protesta (movimientos sociales, organizaciones de base y colectivos ciudadanos). Aquí su rol es cuestionar al Estado y presionar por mayor transparencia, inclusión y derechos. Esto hace que el consenso se construya de manera más dinámica y conflictiva, a través de deliberación pública y disputa de narrativas.

Taiwán combina ambos modelos: tiene una sociedad civil organizada que coopera con el Estado, pero al mismo tiempo una sociedad civil contenciosa que profundiza la democracia. En el caso del gigante asiático, el modelo que predomina es el organizado, pero bajo un fuerte control estatal, ya que la sociedad civil contenciosa es limitada o reprimida.

Según el índice V-Dem, el desarrollo de la sociedad civil taiwanesa a lo largo de los años ha ido en aumento, alcanzando su máximo al entrar el siglo XXI. Pero este punto se alcanzó gracias al desarrollo histórico de la sociedad civil taiwanesa. La ciudadanía de Taiwán ha recorrido un camino extraordinario: de espacios restringidos bajo el colonialismo japonés y el autoritarismo a un ecosistema vibrante y plural en democracia. Taiwán ofrece lecciones valiosas para otros procesos de democratización: la resiliencia de los actores sociales, la importancia de la movilización juvenil y la capacidad de la sociedad para reinventarse frente a nuevos retos. La sociedad civil taiwanesa es fuerte y autónoma, construyendo consensos a través de debates abiertos.

Por otro lado, China no fue parte de las oleadas de democratización de los años 80 y 90 que mostraron la importancia del papel de la sociedad civil en las transiciones democráticas. A diferencia de otros países que adoptaron políticas económicas modernas y optaron por una organización democrática de gobierno, China sigue siendo gobernada por un régimen de partido único - Partido Comunista de China (PCCh) -. En una nueva forma de adoptar las ideas liberales a sus propias situaciones, necesidades y contextos institucionales, China toma las ONGs (método preferido de fomento de las sociedades civiles) y las moldea según sus propias expectativas. El control estatal se hace presente cuando todas las ONGs chinas suelen estar vinculadas a ministerios o al Partido Comunista. Así, podemos ver como el poder estatal controla y moldea en gran parte la sociedad civil utilizando a las ONGs, asociaciones y fundaciones como un canal para proyectar una imagen de cooperación, modernización y responsabilidad social, funcionando como poder blando hacia adentro (legitimidad interna) y hacia afuera (mostrar apertura con una sociedad civil activa).

Los datos de Freedom House refuerzan la divergencia en la construcción del consenso entre China y Taiwán. En su informe Freedom in the World 2026, Taiwán es calificado como “Libre”, con un puntaje global de 93/100 (38/40 en derechos políticos y 55/60 en libertades civiles), lo que refleja la fortaleza de su pluralismo partidario, la autonomía de su sociedad civil y la resiliencia democrática frente a presiones externas. En contraste, China se mantiene como “No Libre”, con puntuaciones muy bajas en derechos políticos y libertades civiles, debido al régimen de partido único, la censura sistemática y el control estatal sobre las organizaciones sociales. Esta diferencia muestra que mientras en Taiwán el consenso se construye desde abajo, mediante deliberación pública con acuerdos resilientes, en China se produce desde arriba, como legitimidad de ejercicio y cohesión ideológica que asegura gobernabilidad pero limita el pluralismo.

Yendo al criterio “Creación de consensos” analizado por el BTI, China obtiene puntuaciones que oscilan entre 3,8 y 4,4, reflejando la falta de procesos democráticos en el país. Pero debe precisarse a qué la idea de que en China la construcción del consenso se da desde arriba: esto ocurre porque, a través del Partido Comunista y mecanismos institucionales como la Asamblea Popular Nacional y la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, se llevan adelante las construcciones de consenso. Allí el consenso se entiende como unidad nacional y cohesión ideológica, más que como deliberación plural. Las organizaciones terminan funcionando como brazos auxiliares del gobierno, donde el consenso se vincula con dar legitimidad a ideas compartidas que aseguran estabilidad, crecimiento económico y modernización.

La problemática que une a China y Taiwán, por la cual la sociedad civil taiwanesa se encuentra dividida, es la cuestión de la reunificación con China. Esta división gira en torno a quienes ven la reunificación como amenaza a la democracia y quienes la consideran necesaria para la seguridad regional. El debate no se da solo por una cuestión institucional, sino también por una cuestión identitaria. Esta cuestión también se traslada a los partidos políticos, donde su ubicación respecto a su apoyo o rechazo a la reunificación define gran porcentaje de su electorado. Mientras el partido del Kuomintang (KMT) suele favorecer una relación más estrecha con China, el Partido Progresista Democrático (DPP) rechaza ese consenso y enfatiza la identidad taiwanesa, defendiendo la soberanía y la democracia como base del consenso nacional.

Frente a esta problemática que enfrentan ambos países, la dimensión internacional del consenso se hace parte ya que los actores externos influyen directamente en la cuestión. Estados Unidos respalda a Taiwán mediante una ambigüedad calculada en cuestiones de seguridad, ayudando al consenso interno en torno a la defensa de la soberanía y la identidad democrática. Japón apoya la estabilidad regional y legitima el statu quo en el Estrecho de Taiwán, mientras que la Unión Europea, aunque más cauta, promueve vínculos comerciales y defiende valores democráticos, fortaleciendo la narrativa de Taiwán como democracia reconocida internacionalmente.

En contraste, China utiliza este escenario internacional para reforzar su propio consenso interno: presenta a EE.UU. y sus aliados como rivales que buscan desestabilizar la unidad nacional, lo que fortalece la cohesión ideológica bajo el Partido Comunista. Al mismo tiempo, aprovecha la cooperación económica con Japón y la UE como parte de su poder blando, proyectando estabilidad y prosperidad como legitimidad de ejercicio. Así, mientras en Taiwán los actores externos legitiman el consenso democrático, en China son utilizados como contrapunto para consolidar un consenso vertical basado en unidad y gobernabilidad.

Conclusión

El contraste entre China y Taiwán demuestra que la construcción del consenso no es un proceso uniforme, sino que depende de la interacción entre sociedad civil, instituciones políticas y actores internacionales. En Taiwán, el consenso se edifica desde abajo, en un ecosistema plural donde la sociedad civil organizada y contenciosa convive, generando acuerdos inclusivos y resilientes. Los debates sobre identidad nacional y reunificación con China muestran que el consenso no es solo institucional, sino también profundamente identitario, atravesando partidos políticos y movilizaciones sociales.

En China, en cambio, el consenso se produce desde arriba, moldeado por el Partido Comunista y por organizaciones civiles subordinadas al Estado. Este modelo asegura gobernabilidad y estabilidad, pero limita el pluralismo y la deliberación. El poder blando chino se expresa en la forma en que proyecta una sociedad civil organizada como vitrina de modernización y cooperación, mientras que la crítica externa es utilizada para reforzar la cohesión ideológica interna.

Los indicadores internacionales —BTI, V-Dem y Freedom House— confirman esta divergencia: Taiwán alcanza altos niveles de consenso democrático, mientras que China se mantiene en valores bajos, asociados a la legitimidad de ejercicio más que a la participación plural. Puede verse entonces cómo el consenso puede ser inclusivo y dinámico cuando surge de una sociedad civil autónoma, o controlado y vertical cuando es manufacturado por el poder estatal y legitimado por la estabilidad económica.

 

Lucila Fernández
Lucila Fernández
Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Católica de Salta (Argentina).
 
 
 

 
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