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Instituto Václav Havel
05-10-2026Václav Havel: 90 años del nacimiento de un símbolo humanista en el escenario político
En su visita a Buenos Aires en 1996, declaró que “la democracia no es simplemente una invención euroamericana, la cual el Occidente está imponiendo al resto del mundo, sino que es un espacio que permite a las personas con diversos orígenes culturales, resolver sus propios asuntos libremente, y con dignidad”.
Por Claudia Bellver González
Alguien dijo que el imperio austrohúngaro nunca debió haberse fracturado porque los pequeños Estados que se formaron de sus ruinas fueron bocados fáciles para los tiranos que se apoderaron de aquella parte de Europa: primero Hitler, luego Stalin. Una mitad de los presentes asintió. Havel dijo que el imperio, con su mosaico de lenguas y culturas, fue la prefiguración de la Unión Europea y que, para sobrevivir, hubiera debido democratizarse y reconocer todavía más la diversidad de lenguas, culturas y religiones que lo formaban (Zgustova, 2024).
La esencia de esta pequeña conversación, presenciada por la escritora Zgustova, sigue resonando más allá de las paredes del Castillo de Praga. Y el protagonista del encuentro, Václav Havel, continúa siendo un icono humanista en las conversaciones en torno a la libertad y a la identidad europea. Nacido el 5 de octubre de 1936 en la capital checa, experimentó de primera mano las consecuencias de la ocupación alemana, la segunda guerra mundial y el régimen comunista soviético. Más que limitarlo, sus vivencias lo impulsaron a conectar con el mundo de las artes y de la filosofía, a escribir obras teatrales de alcance mundial, a formar parte de círculos de intelectuales de la época. Inspirado por la Primavera de Praga de 1968, Havel profundizó su relación con la política, tanto uniéndose a grupos de disidentes que exigían respeto por los derechos fundamentales, como creando el movimiento opositor al régimen comunista con el Fondo Cívico. Fue el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, gozando de gran popularidad hasta su fallecimiento el 18 de diciembre de 2011. Treinta años después de aquella celebración del aniversario de la independencia checa del imperio Austro-húngaro, lo que parecía una reflexión del pasado, no es sino una descripción del desafío fundamental que continúa afectando al presente y al futuro de la Unión Europea.
En la actualidad, la premisa fundacional de que diversidad y unidad pueden ir de la mano, está siendo seriamente sacudida por fuerzas internas y externas a la UE. El proyecto europeo, tan avalado por el pensamiento haveliano, fruto de su apoyo a los valores democráticos y su rechazo al comunismo soviético, se ha convertido en el objetivo de críticas internas de numerosos partidos y movimientos de carácter nacionalista y populista. El acercamiento del gobierno húngaro de Orbán a Rusia, el nacional-conservadurismo de la administración de Meloni en Italia, los recientes problemas migratorios en países como España o la victoria del partido ultraderechista en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, son algunas de las amenazas a las que se enfrenta la UE. En cuanto a sus relaciones externas, uno de sus aliados más fundamentales ha pasado a ser uno de sus mayores críticos. Los ataques Trumpistas contra la soberanía, las políticas y la posición internacional de la UE reflejan la incomodidad que el modelo político europeo supone para la agenda de “América primero”. Con magnates como Elon Musk apoyando la abolición de la UE, otros poderes como Rusia no han dudado en sumarse a la causa para debilitarla. El gigante ruso continúa luchando por todos los medios para evitar que su esfera de influencia desaparezca, entendiendo el modelo europeo como una amenaza que atenta contra la soberanía del país. Siendo Ucrania el escenario principal, y otros candidatos a la UE los escenarios secundarios, la soberanía sobre el Viejo Continente se encuentra en uno de los puntos más altos de las últimas décadas. Simultáneamente, las tensiones comerciales con China continúan.
Pero quizás, todos estos esfuerzos por enterrar a la Unión Europea se deben al miedo a que ésta continúe floreciendo. Al recibir tanto barro y tierra, esa flor deja de crecer, de confiar en sí misma. Se encoge por miedo a incomodar a otros, frena su expansión para no intimidar a otras plantas del jardín. Por ser una flor distinta es cuestionada externamente, provocando que las partes que la constituyen comiencen también a perder su certeza existencial. Y esta indecisión, que cada vez está más cerca de ahogar a las raíces, ya la anticipaba Havel como un gran problema en el tablero internacional, que a día de hoy perdura: “No es sólo que Occidente dude por miedo a suscitar la desaprobación de Rusia. También funciona al contrario: la desaprobación de Rusia se ve fomentada por la duda de Occidente”.
La importante distinción es que Havel no consideraba que los países de Europa del Este tuviesen que pertenecer obligatoriamente a la OTAN y a la Unión Europea. El objetivo no tenía que ser incrementar la rivalidad entre los dos bloques o que Occidente evitase que la esfera de influencia soviética creciese. Al contrario, el ex presidente de la República Checa consideraba que nadie tiene derecho a decir a qué clase debería pertenecer un Estado sin tener en cuenta la opinión de ese Estado. Cada país debe decidir y actuar en base a sus propias elecciones, escogiendo si pertenecer o no a ciertas agrupaciones regionales más allá de las ambiciones de las superpotencias en cuestión. El pensamiento haveliano parte de la premisa de que nadie es peor o mejor por naturaleza. Simplemente somos diferentes de distintas maneras. Así, las agrupaciones regionales no deben ser bloques enfrentados, sino distintos puntos que faciliten la cooperación a mayor escala. Y esta cooperación es solo posible en la medida que las agrupaciones individuales tengan clara su identidad física y espiritual, ya que confusiones idiosincráticas sustituyen la colaboración por la confrontación. En palabras del dramaturgo checo, únicamente aquellos que conocen su identidad y la respetan pueden respetar también identidades diferentes.
Pero siendo sinceros, muchos de nosotros no sabemos en qué consiste el europeísmo actualmente. ¿Cómo vamos a realizar un análisis crítico sobre sus valores, principios espirituales y tradiciones, cuando podríamos estar regocijándonos en la dopamina instantánea de las redes sociales? Las generaciones más recientes hemos disfrutado del fruto europeísta sin la necesidad de preguntarnos de qué planta viene o qué condiciones la han sustentado. Parece que nos lo estamos comiendo con un velo en nuestros ojos, tampoco permitiendo ver si el fruto puede estar en riesgo de putrefacción. En cambio, aquellos que experimentaron personal y directamente los desastres de la Segunda Guerra Mundial o la asfixiante amenaza soviética, no solo dieron forma y lucharon porque la planta diese su fruto, sino que trataron de entenderlo. Esto ocurrió no sólo en los países de Centroeuropa, sino que en los países del Este la gente comenzó a profundizar en el proyecto europeo, encontrando en él una parte fundamental de su propia identidad. En palabras de Havel, ese carácter europeo “Consiste en respetar las libertades únicas del ser humano y de la humanidad, sus derechos y su dignidad; el principio de solidaridad; el Estado de derecho y la igualdad ante la ley; la protección de las minorías; las instituciones democráticas; la separación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; el pluralismo político, el respeto de la propiedad y de la empresa privadas; una economía de mercado, y la promoción de la sociedad civil”.
“Estos valores -dice Havel- reflejan innumerables experiencias europeas modernas, incluido el hecho de que, en la actualidad, nuestro continente es una encrucijada multicultural. A la hora de definir lo que significa ser "europeo", una tarea crucial es reflexionar sobre la naturaleza de doble filo de aquello que hemos aportado al mundo para darnos cuenta de que Europa no sólo le enseñó los derechos humanos sino que también introdujo el Holocausto; de que generamos impulsos espirituales no sólo para las revoluciones industrial y de la información sino también para saquear y contaminar la naturaleza, y de que alentamos el progreso de la ciencia y de la tecnología, pero asimismo borramos implacablemente experiencias humanas esenciales forjadas a lo largo de varios milenios”.
Este pensamiento de Havel nos puede servir de brújula para entender y determinar el modelo actual de la Unión Europea, a niveles tanto externos como internos. Primero, si los países del Este, pese a haber permanecido durante décadas apartados del proyecto europeo bajo los regímenes comunistas, compartían dichos principios y libremente decidieron ingresar en la Unión, ¿por qué no vamos a incluir a aquellos países que comparten esa identidad europea al día de hoy? ¿Quién ha decidido que la época de expansión de la UE ha terminado? Havel nos recuerda la importancia de colaborar con aquellos que respetan los mismos valores europeos, ya que si ni siquiera somos capaces de colaborar con los que piensan como nosotros, ¿cómo vamos a cooperar con quienes tienen identidades distintas a la nuestra? Además, Havel consideraba que Occidente tenía tanto responsabilidad como interés propio a la hora de ayudar a estas democracias emergentes. Por un lado, material, debido a su posicionamiento como países más desarrollados que los del Este, y por otro más ideológico, por el interés en destituir el comunismo y estabilizar democracias en la Europa Oriental. No obstante, el disidente checo creía que esta cooperación debía de ser de todo menos un ejercicio de buen samaritano. En vez de tratarse exclusivamente de una ayuda de sentido único, Havel abogaba por un intercambio bidireccional en el que ambas partes aprendieran de la otra. En sus palabras, la experiencia totalitaria no significaba sólo años perdidos de nuestra vida, sino también una experiencia espiritual específica que puede ser aprovechada, que puede ser estudiada y que puede enriquecer el autoconocimiento humano.
Es por ello por lo que, hoy en día, es necesario afrontar el crecimiento de la UE como un enriquecimiento mutuo, en donde las experiencias y perspectivas únicas de nuevos Estados tienen hueco para proporcionar un viento nuevo, un espíritu nuevo, un elemento de una nueva espiritualidad que aportar a los estereotipos de la política actual. Desde Georgia, Ucrania, Montenegro y Albania; hasta las recientes declaraciones de Escocia, Irlanda del Norte y Gales. Debemos olvidarnos de imponer y asfixiar, y recordar que todos los Estados son capaces de decidir si su futuro reside en la Unión Europea y de aportar algo específico, más allá de meramente recibir.
Segundo, e incluso más importante, es que la población no olvide los cimientos europeos sobre los que se sostiene. A finales de la década de los 80, Praga fue testigo del cambio social que se gestaba en sus calles, clave para la posterior democratización que iniciaría la futura República Checa. Antes de ese restablecimiento de un espíritu de libertad, confianza tolerancia y pluralismo; los ciudadanos tuvieron que interesarse más por los problemas del Estado, buscar información veraz y perder el miedo para expresar en público lo que realmente piensa. En cambio, el problema de las generaciones presentes radica en creer que este proceso es una tarea del pasado, en vez de una responsabilidad continua. Havel nos recuerda la importancia de los ciudadanos en los asuntos públicos y la estructura europea, incapaz de funcionar sin su compromiso. Pero, en una época actual donde la desinformación ha llegado a límites insospechados, un sector clave de la población se está perdiendo en el constante ruido. El disidente checo recordaba como en las diferentes manifestaciones públicas, siempre arriesgadas, de rechazo al sistema comunista, se escuchaban primero y con mayor frecuencia en boca de escritores, artistas y científicos insumisos. Y quizás, estas personas que se atreven a cuestionar nuestro presente y nuestro futuro, deberían de recibir como mínimo la misma atención que concedemos a cientos de miles de influencers. Porque en los momentos en los que una sociedad está perdida, necesita más que nunca faros que guíen el camino. Pero, ¿cómo de bien puede abrirse camino el barco europeo si sus capitanes carecen de liderazgo o de entendimiento? En un mundo en donde priman los intereses propios y materiales por encima de todo, Havel nos invita a recapacitar sobre nuestros líderes políticos. A exigir un compromiso con los valores europeos acorde a su papel como representantes. Especialmente, a recordar que la política actual necesita urgentemente nuevos impulsos en forma de cierta espiritualización.
Porque al final, la Unión Europea se está convirtiendo cada vez más en una maquinaria impersonal. La pérdida de esa espiritualización genera una colosal burocracia que limita al hombre y reduce el proyecto europeo. Pero no es tarde para cambiar esa perspectiva. Como buen dramaturgo, Havel pensaba que el teatro era uno de los mayores reflejos de nuestra humanidad, especialmente en tiempos de crisis y mecanización: “Es un lugar de encuentro entre los hombres, un espacio de existencia auténtica que sobresale para testimoniar sobre el mundo, sobre ella misma; un lugar de diálogo vivo, único e inimitable que habla de la sociedad y sus tragedias, del hombre, de su amor, de su maldad y de su odio. Si el teatro es un lugar de comunicación libre entre hombres libres sobre el misterio del mundo, nos muestra el camino que conduce a la tolerancia, al respeto mutuo, al respeto del milagro del ser”.
¿Y qué mejor momento para subirnos a ese escenario que ahora? Nos encontramos en un punto de inflexión en donde la inteligencia artificial amenaza todos y cada uno de los aspectos que hasta entonces habían sido exclusivamente humanos. Las rápidas transformaciones nos obligan a replantearnos lo que hasta ahora dábamos por sentado, incluida nuestra propia humanidad. Quizás cambiando nuestro entendimiento de la Unión Europea, y del mundo en su totalidad, lograremos entender qué es lo que nos falta en un mundo que avanza a pasos agigantados. Porque como ya comprendía Havel hace más de tres décadas, lo que suceda en cualquier punto del mundo, puede afectarnos a todos. En este teatro masivo y compartido, la inevitable relación de interdependencia entre los actores puede dar lugar tanto a resultados catastróficos como a constructivos. Si esta relación consiste en considerar a otra agrupación regional, política, económica o de seguridad como inferiores o enemigas, fenómeno que sucede actualmente, estamos condenados a un conflicto de civilizaciones. No solo eso, sino que el vacío que surge entre el derrumbe de ciertos sistemas de valores y la consolidación de otros nuevos, provoca que muchas personas tengan frustración y apatía. No solo en tiempos de Havel, sino en pleno siglo XXI. En consecuencia, el entorno incita al odio y al egoísmo, al extremismo político y a los radicalismos, a la búsqueda de otros culpables.
En cambio, si poco a poco apelamos a un espíritu crítico y de compromiso, todavía hay esperanza. Como decía Havel, hay que “plantar pacientemente las semillas, regar la tierra y dar a las plantas el tiempo que necesitan para crecer. No se puede ser más listo que la historia como no se puede ser más listo que las plantas”. Aunque no se pueden esperar cambios radicales de la noche a la mañana, hay que esforzarse por proteger y cultivar el presente orden europeo, porque si no, otros lo harán. Pero la historia no se puede regar de cualquier forma. En tiempos donde la inmediatez prima, es necesario nutrir las raíces del proyecto europeo todos los días y con paciencia. No sólo con comprensión, no sólo con humildad, sino también con amor.
Lo cierto es que las lecciones de Havel no tienen por qué quedarse dentro de la Unión Europea. Su rechazo a las dictaduras y a los totalitarismos, junto con su enfoque reflexivo y humanista, tienen cabida en cualquier lugar del mundo. Entre otros, el dramaturgo checo apoyó públicamente a los disidentes cubanos, criticando al régimen de Fidel Castro y denunciando la situación en Cuba a la comunidad internacional. En su visita a Buenos Aires en 1996, declaró que “la democracia no es simplemente una invención euroamericana, la cual el Occidente está imponiendo al resto del mundo, sino que es un espacio que permite a las personas con diversos orígenes culturales, resolver sus propios asuntos libremente, y con dignidad”. Así lo demuestra la República Checa actualmente, convertida según el Democracy Index en una “democracia plena” desde 2024, en parte gracias al rol de Václav en la transición democrática y a su sociedad civil comprometida. El Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) continúa el legado de Havel luchando por la defensa de los Derechos Humanos y la solidaridad democrática internacional. No solo en la actualidad apoyando a activistas en Guinea Ecuatorial, China o Cuba, sino también honrando la memoria histórica de todas aquellas dictaduras militares y regímenes totalitarios que han dado forma a nuestra historia compartida.
Y quizás, al final, todo se reduzca a algo tan sencillo que señalaba Havel, como “restablecer la humilde aceptación del hecho de que todos somos partes integrantes del universo y no sus amos”.
Claudia Bellver GonzálezPasante InternacionalEstudió Relaciones Internacionales e Inteligencia en la Francisco de Vitoria (2020-2024), realizó un intercambio Erasmus desde agosto de 2022 hasta febrero de 2023 en The Hague University of Applied Sciences, Países Bajos. Cursa un doble Máster en Inglés en Política y Administración Pública y Administración Internacional y Gobernanza Global en la Universidad de Gotemburgo y la Universidad de Konstanz.
Alguien dijo que el imperio austrohúngaro nunca debió haberse fracturado porque los pequeños Estados que se formaron de sus ruinas fueron bocados fáciles para los tiranos que se apoderaron de aquella parte de Europa: primero Hitler, luego Stalin. Una mitad de los presentes asintió. Havel dijo que el imperio, con su mosaico de lenguas y culturas, fue la prefiguración de la Unión Europea y que, para sobrevivir, hubiera debido democratizarse y reconocer todavía más la diversidad de lenguas, culturas y religiones que lo formaban (Zgustova, 2024).
La esencia de esta pequeña conversación, presenciada por la escritora Zgustova, sigue resonando más allá de las paredes del Castillo de Praga. Y el protagonista del encuentro, Václav Havel, continúa siendo un icono humanista en las conversaciones en torno a la libertad y a la identidad europea. Nacido el 5 de octubre de 1936 en la capital checa, experimentó de primera mano las consecuencias de la ocupación alemana, la segunda guerra mundial y el régimen comunista soviético. Más que limitarlo, sus vivencias lo impulsaron a conectar con el mundo de las artes y de la filosofía, a escribir obras teatrales de alcance mundial, a formar parte de círculos de intelectuales de la época. Inspirado por la Primavera de Praga de 1968, Havel profundizó su relación con la política, tanto uniéndose a grupos de disidentes que exigían respeto por los derechos fundamentales, como creando el movimiento opositor al régimen comunista con el Fondo Cívico. Fue el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, gozando de gran popularidad hasta su fallecimiento el 18 de diciembre de 2011. Treinta años después de aquella celebración del aniversario de la independencia checa del imperio Austro-húngaro, lo que parecía una reflexión del pasado, no es sino una descripción del desafío fundamental que continúa afectando al presente y al futuro de la Unión Europea.
En la actualidad, la premisa fundacional de que diversidad y unidad pueden ir de la mano, está siendo seriamente sacudida por fuerzas internas y externas a la UE. El proyecto europeo, tan avalado por el pensamiento haveliano, fruto de su apoyo a los valores democráticos y su rechazo al comunismo soviético, se ha convertido en el objetivo de críticas internas de numerosos partidos y movimientos de carácter nacionalista y populista. El acercamiento del gobierno húngaro de Orbán a Rusia, el nacional-conservadurismo de la administración de Meloni en Italia, los recientes problemas migratorios en países como España o la victoria del partido ultraderechista en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, son algunas de las amenazas a las que se enfrenta la UE. En cuanto a sus relaciones externas, uno de sus aliados más fundamentales ha pasado a ser uno de sus mayores críticos. Los ataques Trumpistas contra la soberanía, las políticas y la posición internacional de la UE reflejan la incomodidad que el modelo político europeo supone para la agenda de “América primero”. Con magnates como Elon Musk apoyando la abolición de la UE, otros poderes como Rusia no han dudado en sumarse a la causa para debilitarla. El gigante ruso continúa luchando por todos los medios para evitar que su esfera de influencia desaparezca, entendiendo el modelo europeo como una amenaza que atenta contra la soberanía del país. Siendo Ucrania el escenario principal, y otros candidatos a la UE los escenarios secundarios, la soberanía sobre el Viejo Continente se encuentra en uno de los puntos más altos de las últimas décadas. Simultáneamente, las tensiones comerciales con China continúan.
Pero quizás, todos estos esfuerzos por enterrar a la Unión Europea se deben al miedo a que ésta continúe floreciendo. Al recibir tanto barro y tierra, esa flor deja de crecer, de confiar en sí misma. Se encoge por miedo a incomodar a otros, frena su expansión para no intimidar a otras plantas del jardín. Por ser una flor distinta es cuestionada externamente, provocando que las partes que la constituyen comiencen también a perder su certeza existencial. Y esta indecisión, que cada vez está más cerca de ahogar a las raíces, ya la anticipaba Havel como un gran problema en el tablero internacional, que a día de hoy perdura: “No es sólo que Occidente dude por miedo a suscitar la desaprobación de Rusia. También funciona al contrario: la desaprobación de Rusia se ve fomentada por la duda de Occidente”.
La importante distinción es que Havel no consideraba que los países de Europa del Este tuviesen que pertenecer obligatoriamente a la OTAN y a la Unión Europea. El objetivo no tenía que ser incrementar la rivalidad entre los dos bloques o que Occidente evitase que la esfera de influencia soviética creciese. Al contrario, el ex presidente de la República Checa consideraba que nadie tiene derecho a decir a qué clase debería pertenecer un Estado sin tener en cuenta la opinión de ese Estado. Cada país debe decidir y actuar en base a sus propias elecciones, escogiendo si pertenecer o no a ciertas agrupaciones regionales más allá de las ambiciones de las superpotencias en cuestión. El pensamiento haveliano parte de la premisa de que nadie es peor o mejor por naturaleza. Simplemente somos diferentes de distintas maneras. Así, las agrupaciones regionales no deben ser bloques enfrentados, sino distintos puntos que faciliten la cooperación a mayor escala. Y esta cooperación es solo posible en la medida que las agrupaciones individuales tengan clara su identidad física y espiritual, ya que confusiones idiosincráticas sustituyen la colaboración por la confrontación. En palabras del dramaturgo checo, únicamente aquellos que conocen su identidad y la respetan pueden respetar también identidades diferentes.
Pero siendo sinceros, muchos de nosotros no sabemos en qué consiste el europeísmo actualmente. ¿Cómo vamos a realizar un análisis crítico sobre sus valores, principios espirituales y tradiciones, cuando podríamos estar regocijándonos en la dopamina instantánea de las redes sociales? Las generaciones más recientes hemos disfrutado del fruto europeísta sin la necesidad de preguntarnos de qué planta viene o qué condiciones la han sustentado. Parece que nos lo estamos comiendo con un velo en nuestros ojos, tampoco permitiendo ver si el fruto puede estar en riesgo de putrefacción. En cambio, aquellos que experimentaron personal y directamente los desastres de la Segunda Guerra Mundial o la asfixiante amenaza soviética, no solo dieron forma y lucharon porque la planta diese su fruto, sino que trataron de entenderlo. Esto ocurrió no sólo en los países de Centroeuropa, sino que en los países del Este la gente comenzó a profundizar en el proyecto europeo, encontrando en él una parte fundamental de su propia identidad. En palabras de Havel, ese carácter europeo “Consiste en respetar las libertades únicas del ser humano y de la humanidad, sus derechos y su dignidad; el principio de solidaridad; el Estado de derecho y la igualdad ante la ley; la protección de las minorías; las instituciones democráticas; la separación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; el pluralismo político, el respeto de la propiedad y de la empresa privadas; una economía de mercado, y la promoción de la sociedad civil”.
“Estos valores -dice Havel- reflejan innumerables experiencias europeas modernas, incluido el hecho de que, en la actualidad, nuestro continente es una encrucijada multicultural. A la hora de definir lo que significa ser "europeo", una tarea crucial es reflexionar sobre la naturaleza de doble filo de aquello que hemos aportado al mundo para darnos cuenta de que Europa no sólo le enseñó los derechos humanos sino que también introdujo el Holocausto; de que generamos impulsos espirituales no sólo para las revoluciones industrial y de la información sino también para saquear y contaminar la naturaleza, y de que alentamos el progreso de la ciencia y de la tecnología, pero asimismo borramos implacablemente experiencias humanas esenciales forjadas a lo largo de varios milenios”.
Este pensamiento de Havel nos puede servir de brújula para entender y determinar el modelo actual de la Unión Europea, a niveles tanto externos como internos. Primero, si los países del Este, pese a haber permanecido durante décadas apartados del proyecto europeo bajo los regímenes comunistas, compartían dichos principios y libremente decidieron ingresar en la Unión, ¿por qué no vamos a incluir a aquellos países que comparten esa identidad europea al día de hoy? ¿Quién ha decidido que la época de expansión de la UE ha terminado? Havel nos recuerda la importancia de colaborar con aquellos que respetan los mismos valores europeos, ya que si ni siquiera somos capaces de colaborar con los que piensan como nosotros, ¿cómo vamos a cooperar con quienes tienen identidades distintas a la nuestra? Además, Havel consideraba que Occidente tenía tanto responsabilidad como interés propio a la hora de ayudar a estas democracias emergentes. Por un lado, material, debido a su posicionamiento como países más desarrollados que los del Este, y por otro más ideológico, por el interés en destituir el comunismo y estabilizar democracias en la Europa Oriental. No obstante, el disidente checo creía que esta cooperación debía de ser de todo menos un ejercicio de buen samaritano. En vez de tratarse exclusivamente de una ayuda de sentido único, Havel abogaba por un intercambio bidireccional en el que ambas partes aprendieran de la otra. En sus palabras, la experiencia totalitaria no significaba sólo años perdidos de nuestra vida, sino también una experiencia espiritual específica que puede ser aprovechada, que puede ser estudiada y que puede enriquecer el autoconocimiento humano.
Es por ello por lo que, hoy en día, es necesario afrontar el crecimiento de la UE como un enriquecimiento mutuo, en donde las experiencias y perspectivas únicas de nuevos Estados tienen hueco para proporcionar un viento nuevo, un espíritu nuevo, un elemento de una nueva espiritualidad que aportar a los estereotipos de la política actual. Desde Georgia, Ucrania, Montenegro y Albania; hasta las recientes declaraciones de Escocia, Irlanda del Norte y Gales. Debemos olvidarnos de imponer y asfixiar, y recordar que todos los Estados son capaces de decidir si su futuro reside en la Unión Europea y de aportar algo específico, más allá de meramente recibir.
Segundo, e incluso más importante, es que la población no olvide los cimientos europeos sobre los que se sostiene. A finales de la década de los 80, Praga fue testigo del cambio social que se gestaba en sus calles, clave para la posterior democratización que iniciaría la futura República Checa. Antes de ese restablecimiento de un espíritu de libertad, confianza tolerancia y pluralismo; los ciudadanos tuvieron que interesarse más por los problemas del Estado, buscar información veraz y perder el miedo para expresar en público lo que realmente piensa. En cambio, el problema de las generaciones presentes radica en creer que este proceso es una tarea del pasado, en vez de una responsabilidad continua. Havel nos recuerda la importancia de los ciudadanos en los asuntos públicos y la estructura europea, incapaz de funcionar sin su compromiso. Pero, en una época actual donde la desinformación ha llegado a límites insospechados, un sector clave de la población se está perdiendo en el constante ruido. El disidente checo recordaba como en las diferentes manifestaciones públicas, siempre arriesgadas, de rechazo al sistema comunista, se escuchaban primero y con mayor frecuencia en boca de escritores, artistas y científicos insumisos. Y quizás, estas personas que se atreven a cuestionar nuestro presente y nuestro futuro, deberían de recibir como mínimo la misma atención que concedemos a cientos de miles de influencers. Porque en los momentos en los que una sociedad está perdida, necesita más que nunca faros que guíen el camino. Pero, ¿cómo de bien puede abrirse camino el barco europeo si sus capitanes carecen de liderazgo o de entendimiento? En un mundo en donde priman los intereses propios y materiales por encima de todo, Havel nos invita a recapacitar sobre nuestros líderes políticos. A exigir un compromiso con los valores europeos acorde a su papel como representantes. Especialmente, a recordar que la política actual necesita urgentemente nuevos impulsos en forma de cierta espiritualización.
Porque al final, la Unión Europea se está convirtiendo cada vez más en una maquinaria impersonal. La pérdida de esa espiritualización genera una colosal burocracia que limita al hombre y reduce el proyecto europeo. Pero no es tarde para cambiar esa perspectiva. Como buen dramaturgo, Havel pensaba que el teatro era uno de los mayores reflejos de nuestra humanidad, especialmente en tiempos de crisis y mecanización: “Es un lugar de encuentro entre los hombres, un espacio de existencia auténtica que sobresale para testimoniar sobre el mundo, sobre ella misma; un lugar de diálogo vivo, único e inimitable que habla de la sociedad y sus tragedias, del hombre, de su amor, de su maldad y de su odio. Si el teatro es un lugar de comunicación libre entre hombres libres sobre el misterio del mundo, nos muestra el camino que conduce a la tolerancia, al respeto mutuo, al respeto del milagro del ser”.
¿Y qué mejor momento para subirnos a ese escenario que ahora? Nos encontramos en un punto de inflexión en donde la inteligencia artificial amenaza todos y cada uno de los aspectos que hasta entonces habían sido exclusivamente humanos. Las rápidas transformaciones nos obligan a replantearnos lo que hasta ahora dábamos por sentado, incluida nuestra propia humanidad. Quizás cambiando nuestro entendimiento de la Unión Europea, y del mundo en su totalidad, lograremos entender qué es lo que nos falta en un mundo que avanza a pasos agigantados. Porque como ya comprendía Havel hace más de tres décadas, lo que suceda en cualquier punto del mundo, puede afectarnos a todos. En este teatro masivo y compartido, la inevitable relación de interdependencia entre los actores puede dar lugar tanto a resultados catastróficos como a constructivos. Si esta relación consiste en considerar a otra agrupación regional, política, económica o de seguridad como inferiores o enemigas, fenómeno que sucede actualmente, estamos condenados a un conflicto de civilizaciones. No solo eso, sino que el vacío que surge entre el derrumbe de ciertos sistemas de valores y la consolidación de otros nuevos, provoca que muchas personas tengan frustración y apatía. No solo en tiempos de Havel, sino en pleno siglo XXI. En consecuencia, el entorno incita al odio y al egoísmo, al extremismo político y a los radicalismos, a la búsqueda de otros culpables.
En cambio, si poco a poco apelamos a un espíritu crítico y de compromiso, todavía hay esperanza. Como decía Havel, hay que “plantar pacientemente las semillas, regar la tierra y dar a las plantas el tiempo que necesitan para crecer. No se puede ser más listo que la historia como no se puede ser más listo que las plantas”. Aunque no se pueden esperar cambios radicales de la noche a la mañana, hay que esforzarse por proteger y cultivar el presente orden europeo, porque si no, otros lo harán. Pero la historia no se puede regar de cualquier forma. En tiempos donde la inmediatez prima, es necesario nutrir las raíces del proyecto europeo todos los días y con paciencia. No sólo con comprensión, no sólo con humildad, sino también con amor.
Lo cierto es que las lecciones de Havel no tienen por qué quedarse dentro de la Unión Europea. Su rechazo a las dictaduras y a los totalitarismos, junto con su enfoque reflexivo y humanista, tienen cabida en cualquier lugar del mundo. Entre otros, el dramaturgo checo apoyó públicamente a los disidentes cubanos, criticando al régimen de Fidel Castro y denunciando la situación en Cuba a la comunidad internacional. En su visita a Buenos Aires en 1996, declaró que “la democracia no es simplemente una invención euroamericana, la cual el Occidente está imponiendo al resto del mundo, sino que es un espacio que permite a las personas con diversos orígenes culturales, resolver sus propios asuntos libremente, y con dignidad”. Así lo demuestra la República Checa actualmente, convertida según el Democracy Index en una “democracia plena” desde 2024, en parte gracias al rol de Václav en la transición democrática y a su sociedad civil comprometida. El Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) continúa el legado de Havel luchando por la defensa de los Derechos Humanos y la solidaridad democrática internacional. No solo en la actualidad apoyando a activistas en Guinea Ecuatorial, China o Cuba, sino también honrando la memoria histórica de todas aquellas dictaduras militares y regímenes totalitarios que han dado forma a nuestra historia compartida.
Y quizás, al final, todo se reduzca a algo tan sencillo que señalaba Havel, como “restablecer la humilde aceptación del hecho de que todos somos partes integrantes del universo y no sus amos”.








































